Experiencia personal de la santa presencia de Dios

Experiencia personal de la santa presencia de Dios

Escuchemos al Hermano André Dubuc que nos habla de su experiencia de la presencia de Dios en su vida:

Esta experiencia comienza en mi familia y ha continuado a lo largo de todo mi ministerio de más de sesenta años en Quebec y en Camerún.

Mi madre, maestra rural, vivía constantemente en presencia de Dios. Dos pasajes de la Sagrada Escritura orientaban toda su vida. “Camina en mi presencia y sé perfecto” (Gen 17, 1). “Si alguno me ama, guardará mi palabra; mi padre lo amará, vendremos a él y haremos de él nuestra morada” (Jn 14, 24-34). Cualquier pretexto era bueno para recordarnos la presencia de Dios. Ya desde el desayuno, mientras nosotros, los niños, atraídos por el olor de las crepes abundantemente impregnadas de sirope de arce, nos íbamos ubicando en torno a la mesa, ella nos preguntaba: “Al levantaros, ¿habéis agradecido a Dios por la vida? ¿Habéis ofrecido vuestras acciones del día?”. Luego, cada uno debía responder una pregunta del catecismo que ella conocía de memoria. Por la tarde, otro rito, despojado de cualquier retórica mojigata nos recordaba la presencia de Dios. Durante la estación estival, con frecuencia solía acudir a la casa para tomar bebidas frescas destinadas a los empleados. Mamá aprovechaba para decirme: “¿Has aprovechado para agradecer a Dios por el hermoso sol? Tu padre va a poder ensilar una buena cosecha de alfalfa que las vacas sabrán apreciar durante el invierno…”. Cuando yo canto el Cántico de los Tres Jóvenes, lamento que no se haya escrito en alguna parte: alfalfa, trébol y mijo, bendecid al Señor”.

Algunos años más tarde, me veo encargado de mi primera clase, de los niños de sexto año de primaria. Todas las mañanas, al entrar en clase, saludaba el crucifijo y me arrodillaba para adorar a Dios presente. Un día, un alumno me preguntó por qué me ponía de rodillas. Después de escuchar mis explicaciones, otro alumno me preguntó: “¿Podemos rezar con usted?”. Durante todo el año, ese fue un momento cotidiano de gracia.

En 1962, me encuentro en el colegio de Vogt, en Yaundé. Desde el primer día de clase, bendije la campana – me parecía escuchar a mi madre – que nos invitaba al recogimiento en las horas y las medias horas. En cada clase, un alumno rompía el silencio al proclamar: “Acordémonos de que estamos en la santa presencia de Dios”. Y todos los alumnos al unísono respondían: “Adorémosle”. Este maravilloso ritual dejó tal huella en aquellas generaciones que, durante la primera reunión de los antiguos alumnos, el presidente solicitó que le trajesen secretamente una campanilla de las horas y medias horas. Una vez que finalizaron las presentaciones, hizo sonar la campanilla. En ese mismo momento, todos los participantes se callaron: fue un gran silencio habitado por una presencia y unos maravillosos recuerdos. Los profesores habían conquistado el corazón de sus alumnos… Yo saboreaba los frutos de la presencia de Dios: una paz profunda y una gran alegría”.

http://www.delasalle.qc.ca/

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