| 16 de mayo de 2019 |

| 16 de mayo de 2019 |


Les doy la bienvenida a ustedes que representan a toda la familia espiritual fundada por san Juan Bautista de La Salle, con motivo del tricentenario de su muerte.

Dirijo mi saludo con afecto a cada uno de ustedes y me gustaría que llegara a todos los Hermanos de las Escuelas Cristianas que trabajan en la Iglesia con generosidad, competencia y fiel adhesión al Evangelio. Este importante tricentenario de su Fundador es una ocasión propicia para que su Instituto resalte la figura de un pionero en el campo de la educación que concibió un sistema educativo innovador en su tiempo. Su ejemplo y testimonio confirman la oportunidad original de su mensaje para la comunidad cristiana de hoy, iluminando el camino a seguir. Fue un innovador brillante y creativo en la visión de la escuela, en la concepción del maestro, en los métodos de enseñanza.

Saludo y agradezco al Hermano Robert Schieler, Superior General.

Su visión de la escuela lo llevó a desarrollar cada vez más claramente la convicción de que la educación es un derecho para todos, incluidos los pobres. Por esto no dudó en abandonar la canonjía y su rico legado familiar, para dedicarse por completo a la educación de la clase social más baja. Dio vida a una comunidad compuesta sólo de laicos para llevar a cabo su ideal, convencido de que la Iglesia no puede permanecer ajena a las contradicciones sociales de los tiempos con los que está llamada a confrontarse.

Fue esta convicción la que lo llevó a establecer una experiencia original de vida consagrada: la presencia de educadores religiosos que, sin ser sacerdotes, interpretaron de una manera nueva el papel de “monjes laicos”, sumergiéndose totalmente en la realidad de su tiempo y contribuyendo así al progreso de la sociedad civil.

El contacto diario con el mundo de la escuela maduró en él la conciencia de identificar una nueva concepción del maestro. Estaba convencido, de hecho, de que la escuela es una realidad seria, para la cual las personas necesitan estar adecuadamente preparadas; pero tenía ante sus ojos todas las deficiencias estructurales y funcionales de una institución precaria que necesitaba orden y forma. Luego se dio cuenta de que la enseñanza no puede ser solo un trabajo, sino una misión. Por lo tanto, se rodeó de personas adecuadas para la escuela popular, inspiradas por el cristianismo, con cualidades y disposiciones naturales para la educación. Dedicó toda su energía a su formación, convirtiéndose en un ejemplo y modelo para ellos que tenían que ejercer un servicio al mismo tiempo eclesial y social, y trabajaba arduamente para promover lo que él llamaba la “dignidad del maestro”.

Para dar respuestas concretas a las demandas de su tiempo en el campo escolar, Juan Bautista de La Salle emprendió reformas audaces de los métodos de enseñanza. En esto fue movido por un extraordinario realismo pedagógico:

Reemplazó la lengua latina que normalmente se usaba en la enseñanza con la francesa; dividió a los alumnos en grupos de aprendizaje homogéneos para un trabajo más efectivo; creó “seminarios para maestros del campo”, es decir, para jóvenes que desean convertirse en maestros sin ser parte de ninguna institución religiosa; fundó las “escuelas dominicales para adultos” y dos internados, uno para jóvenes delincuentes y otra para la recuperación de los reclusos. Soñaba con una escuela abierta a todos, por lo que no dudó en enfrentar las necesidades educativas extremas, introduciendo un método de rehabilitación a través de la escuela y del trabajo.

En estas realidades formativas, inició una pedagogía correctiva que, en contraste con el uso de los tiempos, dio estudio y trabajo a los jóvenes, con actividades artesanales, en vez de castigos, encierro o la vara.

Queridos hijos espirituales de Juan Bautista de La Salle, les insto a profundizar e imitar su pasión por los últimos y los excluidos. A raíz de su testimonio apostólico, ustedes son los protagonistas de una “cultura de la resurrección”, especialmente en aquellos contextos existenciales donde prevalece la cultura de la muerte. No se cansen de buscar a aquellos que se encuentran en las modernas “tumbas” de pérdida, degradación, incomodidad y pobreza, para ofrecer una nueva esperanza de vida. El ímpetu por la misión educativa, que convirtió a su Fundador en un maestro y testigo de muchos de sus contemporáneos y sus enseñanzas, todavía puede alimentar sus proyectos y su acción.

Su figura, siempre tan oportuna, constituye un regalo para la Iglesia y un estímulo precioso para su Congregación, llamada a una adhesión renovada y entusiasta con Cristo. Mirando al Maestro Divino, pueden trabajar más generosamente al servicio de la nueva evangelización en la que está comprometida hoy toda la Iglesia.

Las formas de la proclamación del Evangelio deben adaptarse a las situaciones concretas de los diferentes contextos, pero esto también implica un esfuerzo de fidelidad a los orígenes para que el estilo apostólico propio de su familia religiosa pueda seguir respondiendo a las expectativas de las personas. Sé que este es el compromiso que los impulsa y los exhorto a caminar con valor en esta dirección.

Que cumplan su misión entre las generaciones más jóvenes con renovado vigor; que puedan llevar a cabo su misión entre las generaciones más jóvenes con renovado vigor, con la audacia reformadora que caracterizó a Juan Bautista de La Salle: el anuncio a todos del Evangelio de la esperanza y de la caridad.

Que la Santísima Virgen siempre los apoye y les consiga abundantes frutos apostólicos.

Queridos hermanos y hermanas, les agradezco todo lo que hacen en el campo de la educación. Los acompaño con la oración y mi bendición.

Y les pido que por favor recen por mí.

¡Gracias!

Papa Francisco

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