¡Queridos miembros de la Familia Lasaliana, recibid nuestro saludo fraterno desde Roma!
Terminamos el 44º Capítulo General y los 111 Capitulares que somos, venidos del mundo entero y preparados ya para volver a los diversos lugares donde compartimos la misión lasaliana con vosotros, queremos comunicaros el lugar que habéis tenido y que tenéis en nuestro corazón, nuestros pensamientos y nuestras decisiones. Nuestro saludo se extiende también a todos lo que, desde diversas pertenencias religiosas y distintas referencias culturales, encuentran también en San Juan Bautista de La Salle una luz y un apoyo en el compromiso de su vida por un mundo de solidaridad y de paz, donde todos pueden encontrar lugar en el reconocimiento de sus derechos más fundamentales, porque todos son hijos e hijas de un mismo Padre.
Nuestro Capítulo General se ha centrado particularmente en lo más específico de nuestra vida de Hermanos, puesto que ésta es su primera misión. En esta ocasión, no estaba compuesto más que por Hermanos, a diferencia de los dos últimos Capítulos. Y sin embargo, habéis estado constantemente presentes en las decisiones y orientaciones que hemos tomado.
Por una parte, a causa de las asambleas que se han celebrado a lo largo de los últimos años en los Distritos y las Regiones, que han confluido en la Asamblea internacional 2006, Asociados para la Misión educativa lasaliana, cuyo Informe, después de la presentación por parte de tres de los principales organizadores de esta Asamblea, ha sido una referencia constante para nuestros trabajos. Y más que una referencia: el 44º Capítulo General ha aceptado este Informe para el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas; llama al Centro del Instituto y a todos los sectores del mismo a dar, cada uno según sus responsabilidades, un impulso a las Orientaciones fundamentales y a las Áreas prioritarias propuestas por la Asamblea Internacional.
Por otra parte, porque la oración y el interés manifestado por muchos de vosotros por nuestro Capítulo nos han obligado a esforzarnos para responder a vuestras expectativas.
Y finalmente, y sobre todo, porque el compromiso de vida de muchos de vosotros, podemos decirlo, ha sido un claro testimonio de la dignidad de la persona y de su trabajo y más aún del valor del ministerio de los que están comprometidos en la misión lasaliana. Este testimonio ha sido también para los Hermanos y las Comunidades una llamada a vivir con más profundidad nuestra vocación específica.
Un icono bíblico ha dado unidad especialmente a todo nuestro recorrido: el de Moisés cuando escucha a Dios que le llama por su nombre y le envía al servicio de su pueblo oprimido. “He oído sus gritos. Vete, yo te envío”. Nosotros, también, queremos vivir la pasión por Dios y la pasión por la humanidad, viviendo nuestra vocación propia como discípulos de Jesús y educadores y suscitadores de la fe de los que nos son confiados, especialmente de los niños y de los jóvenes cuyos derechos fundamentales son desconocidos. Como red internacional, podemos mucho más de lo que hacemos. “Los pobres son nuestros maestros y serán nuestros jueces”, escribía el H. Álvaro.
Las tareas de la misión compartida no faltan: además de los derechos del niño y el respeto de la vida, hemos recordado particularmente los desafíos que nos plantean los movimientos migratorios, los que descubrimos en tantas familias, la necesidad de una solidaridad verdadera entre las naciones, el desafío de una verdadera esperanza para el mundo que conocemos, etc. Contamos con todos vosotros para afrontar estos retos, cada uno según su edad, su estado, su situación y sus convicciones personales. ¿Vosotros también escucháis las llamadas, explícitas o calladas, de aquellos con los que trabajáis concretamente, con sus pobrezas intelectuales, morales, espirituales, afectivas…? Os invitamos a continuar y a responderlas con nosotros. Las vocaciones lasalianas, y entre ellas la vocación de los Hermanos, son indispensables en nuestra misión común de educación abierta a la trascendencia: los jóvenes lasalianos lo decían en el segundo Simposium de Roma, en julio de 2006. Todos podemos contribuir por medio de la oración y, según nuestra situación, por medio de la llamada y del acompañamiento de estas vocaciones que la Iglesia necesita.
Hemos descubierto un poco mejor lo que necesitamos dejar detrás de nosotros para levantar nuestras miradas hacia nuevos horizontes. Y os invitamos a continuar caminando con nosotros, apoyándonos en la promesa recibida por Moisés: “Yo estaré contigo”.
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