San Juan Bautista de La Salle,
Patrono de todos los educadores.



Breve de nuestro Santo Padre, el Papa Pío XII, del 15 de mayo de 1950.

PARA PERPETUA MEMORIA.

Lo que dice San Buenaventura, «que sólo es verdadero doctor quien puede imprimir la hermosura, infundir la luz y dar la virtud al corazón del oyente», debe recordarse, principalmente en estos tiempos, en los cuales vemos, a menudo, la educación infantil, no sólo ajena a la formación de las costumbres, sino también ejercer, a veces, influencia para ruina de las almas, cuando en ella se desprecia a Dios y a la Religión. Así pues, la Santa Madre Iglesia, con amor solícito, asiste a aquellos a quienes corresponde formar a los adolescentes en la bondad, puesto que de ellos depende, en no pequeña parte, la salud y el aumento de la piedad cristiana.

Hubo un varón esclarecido, sobre todo por su santidad e ingenio, JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, quien por sí mismo y por la Congregación por él fundada, formó a los niños y forma todavía con excelentes reglas y prácticas, y a quien se debe el adelanto de que en las casas de estudios llamadas Seminarios de maestros de escuelas rurales preparó sapientísimamente a maestros de escuela para tan importante misión, principalmente en medios rurales; de este modo, las escuelas de las cuales salen los mismos maestros, afirmadas ya por todas partes, de derecho y con gloria, deben atribuirse a él.

Además, siendo preclaro en el arte de educar, estimó en tanto el oficio de enseñar, que a sus compañeros, cuyo Padre era, no quiso iniciar en el sacerdocio para que no se apartaran de su ministerio, y aún pensó que éste puede aprovechar mucho para la virtud y la santidad.

Así, pues, para que los que enseñan a los niños y adolescentes, o ingresan en tal género de vida, tengan a quien tomar ejemplo y mirando al cual formen y produzcan, por la imitación, sus virtudes, el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, por su Postulador General, Nos ha elevado instantes súplicas para que SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, al cumplirse el año quincuagésimo del que fue puesto en el catálogo de los santos por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, Nos dignemos declararle celestial Patrono ante Dios, de todos los maestros, eclesiásticos y seglares, ya se ejerciten en esta misión, ya en los estudios que a ella conducen. Y Nos, persuadido que debe atribuirse la mayor importancia a la cristiana educación de la juventud, para que aquellos a quienes está encomendado el trato de las almas de los niños, o a quienes se preparan a llevar tal género de vida tengan más poderosa causa y estímulo para satisfacer tan importante deber según la religión y la fe, queremos cumplir estos deseos gustosísimo.

Por lo cual, consultando nuestro venerable Hermano CLEMENTE MICARA, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, Obispo de Velletri y Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, atendidas todas las cosas, con conocimiento cierto y madura deliberación de Nuestra parte y plenitud de potestad apostólica, por la autoridad de estas Letras y para siempre, CONSTITUIMOS A SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, CONFESOR, PRINCIPAL PATRONO CELESTIAL ANTE DIOS DE TODOS LOS MAESTROS CONSAGRADOS A LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS Y ADOLESCENTES, con todos los honores adjuntos y privilegios litúrgicos que a todos los Patronos principales de agrupaciones se deben. No obstante, cualquiera cosa en contrario. Esto enseñamos y estatuimos, declarando que estas Letras deben existir y permanecer continuamente firmes, válidas y eficaces; y lograr y obtener sus plenos e íntegros efectos; y por aquellos a quienes se refieran o puedan referirse sean acogidas con pleno valor ahora y posteriormente; y así deben ser juzgadas y definitivas; y desde ahora sea nulo y sin efecto cuanto se atentare contra ellas por cualquiera y con la autoridad que fuere, a sabiendas o por ignorancia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 15 de mayo, en la fiesta de San Juan Bautista de La Salle, del año 1950, duodécimo de Nuestro Pontificado.

Por mandato especial de nuestro Santísimo Padre.

Por el Señor Cardenal encargado de los negocios públicos de la Iglesia, GILDO BRUGNOLA, Regente de la Oficina de Diplomas Pontificios.

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