Homilía de Cardenal Salvatore Papparlardo.
15 de mayo de 2000
"Qui ad justitiam erudiunt multos, quasi stellae in perpetuas aeternitate."

"Los que se hacen maestros para enseñar a muchos la justicia brillarán como estrellas por toda la eternidad". Es el pasaje bíblico tomado del Libro del profeta Daniel, que se aplica a cuantos han asumido el empeño constante de instruir a las siempre nuevas generaciones de niños y jóvenes, en el conocimiento de las cosas que son verdaderas y justas ante Dios, y beneficiosas para la humanidad ayudándoles también a amarlas y saberlas practicar en su vida. A vosotros, Hermanos de las Escuelas Cristianas os concierne este reconocimiento, expresado por aquella estrella que destaca en el escudo de la Congregación, como un reflejo de la luz de la santidad que rodea a vuestro Fundador y Padre, San Juan Bautista de La Salle. Lleno de espíritu de inteligencia, él - como el "justo" descrito por el Eclesiástico - comunica palabras de sabiduría y con su vida rinde alabanza al Señor; la sagrada doctrina, que manifiestan sus escritos espirituales y su sabiduría pedagógica continúan, por medio de vosotros, brillando y operando en la comunidad eclesial, en el campo de la escuela, y en la vida de tantos jóvenes y hombres formados por vosotros en las diferentes partes del mundo.

Estoy muy agradecido al Reverendísimo Superior General, Hermano John Johnston, por haberme invitado a esta celebración a la cual me es grato adherirme y participar no sólo como "Cardenal" sino en mi calidad de "afiliado" y como tal, miembro de la gran Familia Lasaliana. Recibí la afiliación en 1964, del entonces Superior General H. Nicet Joseph. Durante muchos años, además de trabajar en la Secretaría de Estado del Vaticano, desempeñé el servicio de capellán de los Hermanos y de los alumnos del Colegio San José-Instituto de Merode de Roma. Fueron tiempos serenos y laboriosos de los cuales conservo siempre grato recuerdo, habiéndome sentido Hermano entre los Hermanos, y es también por este motivo que me siento feliz y aprovecho la ocasión hoy para agradeceros a todos por la amabilidad con la que siempre he sido acogido en la comunidad.

Otro motivo de especial satisfacción es el encontrarme en esta Casa Generalicia precisamente mientras se celebra el 43º Capítulo General, que reúne a 128 delegados procedentes de todos los distritos a los que se añaden los consultores, 20 representantes seglares de la gran Familia Lasaliana. Es una ampliación muy significativa como es también la participación de cierto número de religiosos jóvenes, a los que se ha dado la oportunidad de conocer de cerca tantas situaciones y problemas interesantes, la vida y la actividad del Instituto en el mundo, y a los que habrá que hacer frente en el futuro con iniciativas que tengan en cuenta los cambios profundos que suceden en la estructura de la sociedad y que podrán requerir formas nuevas de colaboración con los seglares.

A la celebración anual de la solemnidad del Santo Fundador, añadimos esta vez también la feliz coincidencia del aniversario de dos acontecimientos que ocurrieron en los dos años jubilares precedentes de 1900 y 1950: hace un siglo la canonización por el Papa León XIII y hace 50 años la proclamación como Patrono de los maestros y educadores por el Papa Pío XII. Con tales gestos los Papas no sólo señalaban a todos los fieles de la Iglesia y a los sagrados ministros un modelo de sacerdote que se santificó en el ejercicio de su ministerio apostólico sino que aseguraban "a los que está encomendado el trato de las almas de los jóvenes o a quienes se preparan a llevar tal género de vida" tanto a los Hermanos como a otras personas igualmente empeñados en esta labor, la intercesión de un Pedagogo sabio y experimentado, renovándoles sus estímulos para que desempeñen una profesión de tan gran responsabilidad, a conciencia y con entusiasmo.

Las fechas conmemorativas que se repiten de cuando en cuando, en la vida de la Iglesia y de las comunidades eclesiales, ofrecen siempre la ocasión de glorificar al Señor Dios por la vida y el testimonio de sus Santos y el deseo de imitarles en los ejemplos de fidelidad que han sabido dar, afrontando y superando las dificultades que encontraron. Hoy, en este templo donde se veneran las reliquias del Santo Fundador, así como en todos los centros y escuelas que se inspiran en su carisma, se eleva un himno de agradecimiento al Señor por la acción evangelizadora y la promoción humana llevada a cabo por él e igualmente una plegaria fervorosa para que también de vosotros, sus hijos, enviados en medio de los jóvenes como misioneros de la Palabra que salva, se pueda decir "cuán bellos son los pies de los que llevan un anuncio gozoso de la salvación". Conocéis los escritos donde el Santo afirma y repite muchas veces que "en el ejercicio de vuestro ministerio sois los embajadores de Cristo y sus directos colaboradores entre los jóvenes que educáis" y añade:"¡Vivid dignamente vuestra vocación! Sed irrepresensibles en vuestra conducta y presentaos ante vuestros alumnos como modelos de toda virtud". A este fin todo Hermano está llamado a ser, como el Santo, una persona de fe sólida y ardiente y de caridad activa, que alimente su entusiasmo e infunda confianza y esperanza en el éxito final de ese cotidiano y constante desenvolverse en la obra educativa que le ha sido confiada.

En los primeros años en que tuve ocasión de asistir a la profesión perpetua de los Hermanos, pude darme cuenta cuántas veces se repetían en la fórmula de votos las palabras: "permanecer en sociedad... reunirse para tener juntos y por asociación las escuelas... desempeñar el empleo al que fuere destinado por el Cuerpo de la Sociedad". Según la idea del Fundador estas palabras debían indicar y confirmar la intención clara, por parte de todos, de asociarse juntos de manera estable, para desempeñar, en plena comunión de propósitos, una misión que les ligase de manera definitiva e inseparable. Por tanto no era una asociación ocasional, regulada jurídicamente, y limitada sólo a obtener un objetivo particular entre muchos, sino un empeño ligado a un solemne Acto de Religión, como es la Consagración personal y total a la Santísima Trinidad, destinada a determinar la orientación y el trabajo de toda la vida. En ese Acto en efecto radica la garantía de la más completa disponibilidad y estabilidad en la adhesión al Instituto, la pobreza, la castidad y una obediencia tales que no dejen duda alguna sobre la elección de los Hermanos: dedicarse de lleno y sin reservas a la educación y formación cristiana de los niños y jóvenes, especialmente de los más pobres.

Es la elección evangélica de aquellos pobres que en todo tipo de sociedad, ayer y hoy, se encuentran siempre en tales condiciones de desventaja material y moral que impiden su promoción humana, con el consiguiente riesgo de incurrir en graves peligros, de llegar a ser presa de los vicios o ser absorbidos por la mala vida. La escuela lasaliana, tan sensible a tal situación y actuando a lo largo de los siglos prefiriendo a tales personas, no ha tenido como mira sólo un bien individual o limitado a la sociedad eclesial, sino que ha suplido las carencias y deficiencias educativas de muchas familias, de la sociedad civil y del Estado en tiempos y lugares diversos. Ha sido una suplencia o una colaboración que de diferentes maneras ocurre también hoy, aunque no siempre es percibida, reconocida y agradecida y que a veces por el contrario incluso viene a ser obstaculizada.

Vuestro Capítulo, convocado como los anteriores, para hacer una evaluación puntual y serena de los aspectos formativos, organizativos y operativos de todo el Instituto, cumplirá la tarea de hacer que la presencia de los Hermanos responda siempre a la imagen que quiere imprimir el Santo de La Salle. En efecto el binomio de su elección preferente "Pobres-escuela" ha sido siempre remachado por los Capítulos Generales como una constante absoluta, que ha caracterizado y debe continuar haciéndolo, vuestra actividad de docentes y formadores. Los cambios actuales habidos en el mundo, con la ostentosa opulencia de algunos ambientes y un consumismo exasperante, no han eliminado por doquier aspectos degradantes que justifiquen, también hoy, las preocupaciones que movieron al Santo en su tiempo. En muchos países donde trabajáis la pobreza generalizada de las personas y la situación económica desastrosa de la nación, unidas a veces a las calamidades naturales, constituyen un riesgo serio para la supervivencia de las mismas poblaciones, impidiendo a las generaciones jóvenes la posibilidad de acceder, a la instrucción, a un trabajo seguro, y a un futuro más digno acorde con la dignidad y la condición humana.

Las escuelas populares y la institución de un grupo de maestros bien formados fueron para San Juan Bautista de La Salle un modo de dar una respuesta concreta a la palabra de Jesús dicha en defensa de los niños en un tiempo en que su dignidad y fragilidad no eran muy consideradas. Ellos, con su sencillez, vienen a ser para Jesús un punto de referencia ineludible para el que quiera entrar en el Reino de los cielos... quien les escandalice comete un gravísimo crimen... quien les acoge, a Mí le acoge. En las escuelas populares y en los maestros bien formados y preparados, el Santo vio el remedio para afrontar las necesidades que se presentaban a sus ojos, mientras que con sus escritos y con las recomendaciones orales hechas a los primeros Hermanos, no cesaba de subrayar el amor a los pobres, dado que eran de humilde condición - decía - la mayor parte de los niños a quienes debían educar. Los Hermanos deberían ser para ellos como "ángeles visibles" que les acompañasen tanto con la instrucción como con el ejemplo, formándoles en la gentileza y en la honestidad; esta es la tarea que espera también de los colaboradores seglares que desempeñan la actividad educativa en las escuelas lasalianas, como es ya habitual, además de necesaria y que sucede en tantas situaciones y circunstancias.

Esto vale evidentemente, también para los Hermanos que no tienen que tratar con estudiantes pobres en el sentido material y cultural, sino con otras categorías de estudiantes de sus escuelas superiores o de nivel universitario, donde se pueden encontrar una pobreza de sensibilidad religiosa o una percepción distorsionada de los contenidos de la fe cristiana o bien una mentalidad invadida de prejuicios con respecto a la Iglesia y a las instituciones. "No es vuestra misión, decía, defender las verdades de la fe en las controversias con los herejes, pero vuestro ministerio os impone enseñar a los alumnos la buena y sana doctrina de la Iglesia". Por esto el Santo dirigiéndose a los Hermanos les decía: "Vuestro ministerio ha sido instituido para procurar el espíritu de la religión y del cristianismo a vuestros alumnos"; y esto suponía la necesidad de que "estudiasen en profundidad las verdades de la fe"; hoy, con la multiplicidad de instituciones eclesiásticas idóneas dedicadas a este fin, esto resulta mucho más factible que en la época del Santo.

Si la comunicación de la fe, como nos recuerda el apóstol Pablo, "se realiza mediante la palabra de Cristo" de ella y de la presencia del mismo Jesús debe estar lleno e iluminado todo predicador. No hablará en su nombre y con su autoridad quien no pueda decir como el mismo Pablo: " para mí el vivir es Cristo... vivo mi fe en la fe del Señor Jesús que me ha amado y se ha dado por mí..." San Juan Bautista de La Salle, que procuró realizar, con una vida de gracia, esta íntima comunión con Jesús, alimentándola en la celebración y en la comunión eucarística, quiere promoverla también a todos sus hijos espirituales, Hermanos, estudiantes jóvenes, docentes, colaboradores y miembros todos de la gran Familia Lasaliana. Estamos seguros que no les faltará la intercesión de su celeste Patrono.
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