SIMBOLISMO DEL SEPULCRO DE SAN VICENTE MÁRTIR
IEn el Museo de San Pío V de la ciudad de Valencia se conserva un sepulcro en el que, según la tradición, fue colocado el cuerpo del diácono San Vicente, quien murió martirizado en Valencia en torno al año 304.
Este sarcófago, elaborado en mármol, probablemente en el siglo IV, sólo ofrece labrado uno de los frentes. La mayor parte se encuentra cubierta por una decoración «estrigilada», en forma de «S» alargada. En los extremos hay dos pilastras corintias estriadas.
Pero la sección más interesante es el relieve rectangular que se encuentra en la zona central. El motivo inferior es una cruz latina gemada, es decir, decorada con piedras preciosas figuradas, y debajo de sus brazos hay un cordero, a la derecha, y un ciervo, a la izquierda.
Sobre la cruz, coronándola, se encuentra el crismón constantiniano, formado por las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego. El crismón, también decorado con gemas, está encerrado dentro de una rica láurea o corona de hojas de laurel, enlazadas con cintas. En los brazos de la cruz descansan dos palomas, que picotean los frutos de la corona de laurel.
Este relieve central es símbolo de la muerte y la resurrección de Cristo, significadas, respectivamente, por la cruz y el crismón coronado.
Las palomas representan las almas de los justos, quienes, seguros en el árbol de la cruz, saborean los beneficios espirituales de la resurrección del Señor. Pregustando los bienes celestiales, confian alcanzar la corona de la inmortalidad. Ésta es la esperanza que les permite enfrentarse incluso al martirio, con la seguridad de que la victoria final pertenece a Cristo.
Este relieve central, de gran calidad y bella composición, es reproducido en el tapiz que durante este acto solemne pende en la fachada de la Basílica de San Pedro. Con él quiere representarse a los 233 mártires que son beatificados. Siguiendo los pasos de San Vicente Mártir, ellos dieron sus vidas por Cristo, con la mirada puesta en su muerte y resurrección, seguros de alcanzar «la corona de gloria que no se marchita» (1 Pedro 5:4). |