Carta del H. Superior a los Hermanos Jóvenes

Roma 24 de junio de 2002

Tú Señor eres mi esperanza desde mi juventud.(Salmo 71,5).

Hermanos más jóvenes: acuérdense que San Juan Bautista de La Salle tenía 29 años cuando comenzó a comprometerse con su grupito de maestros de escuela. De este primer compromiso nació el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Las fuerzas creativas y la vitalidad del Instituto que hay en ustedes nos estimulan a superar la tendencia a mantener estructuras caducas. (Mensaje 42º C.G)


Queridos Hermanos:

En este 24 de junio, día tan significativo en nuestra historia lasaliana cuando recordamos que en 1681 el Fundador aloja a los primeros maestros en su casa y un año después en la misma fecha deja la casa paterna y se traslada con ellos a la Calle Nueva, dos hechos fundamentales en la génesis del Instituto, quiero dirijirme a ustedes, los 593 Hermanos de 35 años y menos y a los 144 novicios que nos señalan las estadísticas al día de hoy, porque estoy convencido que ustedes tienen que dar un impulso importante a nuestro Instituto al inicio del tercer milenio. Tuve la suerte de participar en el Encuentro de Hermanos jóvenes de Europa en Thillois el año pasado y algo de lo que allí dije lo comparto hoy con todos ustedes, añadiendo nuevas reflexiones nacidas en estos últimos meses en base a mi experiencia en la animación del Instituto.

La Regla nos dice que el Señor ha querido poner el futuro del Instituto en manos de los Hermanos (R.142). Estoy convencido que este texto se aplica particularmente a ustedes que han decidido unir sus vidas a nosotros en un sí a la vida y en un acto de fe en el futuro. Ustedes en el Instituto están llamados a mantener viva la utopía, a abrir nuevos caminos, a responder con creatividad a las nuevas pobrezas y a los desafíos que nos presenta el mundo de los jóvenes, a arriesgar sus vidas por Cristo, a hacer de nuestras comunidades un signo del Reino, a que no se apague la esperanza. Deben ser el acelerador y no el freno. Deben impulsarnos a que actuemos por intuiciones más que por seguridades.

Quisiera decirles que si tengo una debilidad en el Instituto, es por los Hermanos jóvenes. Casi prácticamente toda mi vida la he dedicado a ellos, primero en mis años de servicio en el campo de la formación inicial y después como Visitador de un Distrito que paulatinamente fue pasando a las manos de los Hermanos jóvenes de Centroamérica. Tuve también la suerte, hoy pienso que la gracia, de formar parte del equipo animador de cuatro retiros para Hermanos que se preparaban a la Profesión Perpetua, organizados por la RELAL y con participación de Hermanos jóvenes de muchos de los distritos de la Región. Este contacto con los jóvenes Hermanos fue para mí muy enriquecedor. Tanto es así que cuando hice el CIL en 1979 ante la pregunta ¿qué me ha formado a mí? Mi respuesta fue: siento que las personas que más me han ayudado a madurar y a crecer en todo sentido han sido los Hermanos jóvenes. Ayudándoles, me he conocido mejor, me he aceptado, he aprendido a dialogar. Orientándolos en la oración, he aprendido a orar. Para mí los acontecimientos que más han marcado mi vida han sido mis años de formador y mi amistad con los Hermanos jóvenes ( CIL 1º de junio de 1979).

Estoy convencido que en el Instituto son sobre todo ustedes, Hermanos jóvenes, los que deben ayudarnos a descubrir los nuevos pasos que nos permitirán encontrar nuevo sentido a nuestras vidas en el servicio a nuestros hermanos y hermanas. Para mí la presencia de Hermanos jóvenes en nuestro último Capítulo General fue iluminadora. Los Hermanos que entonces los representaron mantuvieron viva nuestra esperanza. Sus sueños y proyectos, sus oraciones y aportes, fueron realmente estimulantes. Pero lo que personalmente más me impresionó fue su determinación por sacar adelante una propuesta sobre la pastoral vocacional aún fuera de tiempo. Más que la propuesta en sí misma, que puede ser más o menos válida, lo impactante fue cómo a través de este hecho manifestaron su fe y profundo amor al Instituto y su deseo de futuro y vitalidad para el mismo. Creo que su presencia fue determinante en conseguir un espíritu pro-activo como repetía a menudo el Hermano John y una apertura al futuro más allá de los lamentos por la realidad presente.

No es mi intención hacer un discurso abstracto a base de ideas sino compartir experiencias y sentimientos. Y por eso he pensado dejar hablar a algunos de ustedes y compartir con todos testimonios y vivencias, incluídas las mías personales.

El 1º de enero del año pasado morían en Guatemala dos Hermanos en un accidente vial de regreso a su comunidad misionera en medio de los indígenas ketchíes en el Atlántico del país. Uno de ellos era un joven Hermano indígena guatemalteco de 25 años. El día de su entierro contaba su mamá que, cuando alguna vez le preguntó a su hijo por qué había Hermanos que dejaban la congregación, siempre respondía que era porque no estaban "enamorados". Creo que Adelso había captado lo esencial de nuestra vocación: Santísima Trinidad me consagró enteramente a Ti para procurar tu gloria.

En la Revista del distrito de Centroamérica se publicaban después algunas cartas de Adelso que me han emocionado profundamente; en una de ellas, dirigida al Hermano Visitador y a su Consejo para la renovación de sus votos anuales, decía: Les escribo dejando volar mi imaginación auscultando los proyectos de Dios diluidos en todo mi ser. Este proyecto, del que les hablo es el de la libertad. Una libertad que amplía los horizontes y se inspira en el deseo de Dios de liberar a la humanidad por y para el Amor.Y es en esta libertad que he decidido, luego de discernir con el corazón libre, permanecer en el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, renovando mis votos, procurando hacer del amor - el rostro visible de Dios - mi religión, mi ley y mi fe. (Guatemala, viernes 31 de octubre de 1997).

En noviembre del año pasado recibí copia de otra carta que un joven Hermano escribió para solicitar sus Votos perpetuos. Al leerla me sentí conmovido y al mismo tiempo encontré una profunda sintonía con la carta anterior. Al compartir algunos de los hilos conductores de su vida, expresaba:

La idea y el sentimiento de que mi vida es de Dios, de que a El me debo, en El me encuentro, de que El me invita a la fidelidad cotidiana, a enamorarme y renamorarme de su Palabra. El Dios que me ha fascinado, es el Dios de la vida, que me invita a más vida en plenitud, para mi vida personal, para los otros, entre los pobres. En este tiempo, voy sintiendo, que las múltiples cosas que hago se van unificando. Creo que seguir creciendo en mi vida consagrada tiene que ver con profundizar, compartir y ser transparencia de esta experiencia.
La experiencia en medio de tantas idas y venidas, de una comunidad que se asocia para llevar juntos las escuelas al servicio de los pobres.
En todo esto me he sentido animado, contenido, perteneciente, empujado, sostenido. Quiero seguir caminando por aquí, por este camino que descubro como voluntad de Dios, como respuesta a su Palabra cotidiana.

Quisiera también compartir el testimonio de un joven Hermano que nos ha dejado este año. Admiro su honestidad y le deseo lo mejor en el nuevo camino que ha emprendido. Mi relación con Dios de un tiempo para acá no ha sido todo lo satisfactoria que quisiera y no estoy diciendo que la experiencia religiosa tenga que ser sensible, pero no he vivido como religioso lasaliano: he perdido el espíritu propio del Instituto, el espíritu de fe.No estoy a disgusto con el trabajo que llevo ni con la relación con los jóvenes que tenemos; es otra cosa. Es considerarme dentro de cinco años y no me concibo como Hermano. Sé que lo que planteo puede vivirse como Hermano, pero tendría que estar todo impregnado de espiritualidad, todo teñido de la opción radical por hacer la obra del Instituto, el sentir a Dios presente y cercano en la comunidad. Mis motivaciones han cambiado, quizá sea el cúmulo de circunstancias, quizá el peso de la soledad que todos a veces sentimos, quizá el desencanto. Lo que sí es cierto es que no me siento cómodo como Hermano.

Y finalmente, el testimonio de un joven Hermano que al no ser aceptado hace pocas semanas a la renovación de sus votos recurrió al centro del Instituto para reconsiderar su petición. En su carta expresaba: Pensé que muchas cosas ya las tenía superadas. No era cierto. Dios me está destrozando por dentro con un amor implacable y el hecho de vivir este momento es una llamada a ser todo de Él. Le escribo con humildad, que me cuesta tanto, confiado que Dios es quien nos lleva. Por todo esto le pido su autorización para renovar mis votos. El compromiso a vivir en conversión lo tomé ayer y lo reafirmo hoy con esta carta. Pido una oportunidad como ser humano, como un Hermano que le pide ayuda, y me pongo en manos de Dios para que se cumpla su Voluntad. Confío en usted y le doy las gracias de antemano.

Me parece que en todas estas experiencias y testimonios afloran intuiciones importantes para nuestra vida de Hermanos. En efecto todas parten de una fuerte experiencia de Dios, de un Dios cercano y no una entelequia. De una relación que únicamente puede expresarse en términos de amor. De un amor implacable, religión, ley y fe, que se convierten en invitación a una fidelidad cotidiana y a un enamorarnos de su Palabra.

La pregunta que se plantea a ustedes Hermanos jóvenes y a cada Hermano podría ser: ¿el fin último de nuestra vida de Hermano es buscar ante todo la gloria de Dios, hacer de Dios nuestro Absoluto? ¿Hasta dónde nuestra vida religiosa es una experiencia de Dios? ¿En un momento en que se da un despertar de la búsqueda de la trascendencia, somos capaces de ofrecer una mística que atraiga? ¿Manifestamos esta dimensión vital en nuestra oración personal y comunitaria?

Adelso decía que para lograr lo anterior, luego de discernir con el corazón libre, optaba por permanecer con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Y en los otros testimonios aparece la Comunidad como lugar unificante, en medio de tantas idas y venidas, de nuestra asociación para llevar juntos las escuelas al servicio de los pobres, Comunidad que nos debe permitir sentir a Dios presente y cercano.

No me alargo en este tema, porque lo he desarrollado en la última Carta Pastoral a la que los remito. Ciertamente nuestra comunidad es nuestra primera asociación. Una asociación de personas que tejen entre sí lazos fraternales, a partir de una idéntica experiencia: la de haber sido "atrapados" por Dios para el servicio de los jóvenes pobres, y a partir de ellos de todos los jóvenes. Ciertamente, también nuestro ser Hermanos, es nuestra mayor riqueza, nuestra fuerza, nuestro secreto. Los invito Hermanos a no ser sólo consumidores, sino sobre todo constructores de comunidad.

Me parece que lo expresado en los testimonios anteriores lo podemos ver sintetizado en la propuesta 22 de nuestro 43º Capítulo General, que no dudo en calificar como una de las más importantes y revolucionarias de nuestro último Capítulo, particularmente de cara a ustedes los Hermanos jóvenes: Con el fin de ofrecer a los Hermanos, sobre todo a los más jóvenes, la posibilidad de dar prioridad al servicio educativo de los pobres y de llevar una vida comunitaria significativa, cada distrito en su próximo Capítulo:

. Evaluará la dedicación actual de los Hermanos en las obras y en las estructuras de funcionamiento del Distrito.
. Elaborará un plan de evolución de la dedicación de los Hermanos en las obras existentes o a crear.
. Determinará lo que convenga cambiar en las estructuras de funcionamiento del Distrito (Propuesta 22).

Creo que esta propuesta nos presenta una visión muy clara de lo que debe ser el Instituto del futuro para seguir teniendo sentido y ser fecundo. Dos condiciones son indispensables: la prioridad del servicio educativo de los pobres y una vida comunitaria significativa. Como Hermanos jóvenes deben sentirse interpelados a vivir el cuarto voto: la asociación para el servicio educativo de los pobres, como una de las maneras privilegiadas de recuperar la mística de nuestros orígenes.

Al término de esta conversación con ustedes quisiera compartirles también algunas de mis vivencias personales que se han ido convirtiendo en certezas y convicciones que inspiran mi ser y mi actuar. La certeza del amor gratuito y desproporcionado de Dios, la certeza de su perdón incondicional, la certeza de su presencia siempre cercana. Estas tres certezas las complemento con las certezas que iluminaron a nuestro Fundador y que él sintetizó en unos términos que a todos nos deben ser familiares. La certeza de la presencia de Dios, descubierto en todas partes, pero particularmente en nuestro propio interior, en la Eucaristía y en la comunidad. La certeza de la guía de Dios, de un Dios que nos conduce con dulzura y amor, de compromiso en compromiso. La certeza de que estamos comprometidos en la obra de Dios a través de nuestro ministerio de educación cristiana.

Hermanos jóvenes al mirar hacia atrás en sus vidas ¿qué convicciones fundamentan su existencia? ¿Qué certezas iluminan su caminar? De su respuesta depende el futuro del Instituto hoy, de su respuesta depende que muchos jóvenes encuentren también sentido a sus vidas. Ayúdennos Hermanos jóvenes a:

 
La idea y el sentimiento de que mi vida es de Dios, de que a El me debo, en El me encuentro, de que El me invita a la fidelidad cotidiana, a enamorarme y renamorarme de su Palabra. El Dios que me ha fascinado, es el Dios de la vida, que me invita a más vida en plenitud, para mi vida personal, para los otros, entre los pobres. En este tiempo, voy sintiendo, que las múltiples cosas que hago se van unificando. Creo que seguir creciendo en mi vida consagrada tiene que ver con profundizar, compartir y ser transparencia de esta experiencia.
La experiencia en medio de tantas idas y venidas, de una comunidad que se asocia para llevar juntos las escuelas al servicio de los pobres.
IEn todo esto me he sentido animado, contenido, perteneciente, empujado, sostenido. Quiero seguir caminando por aquí, por este camino que descubro como voluntad de Dios, como respuesta a su Palabra cotidiana.

Quisiera también compartir el testimonio de un joven Hermano que nos ha dejado este año. Admiro su honestidad y le deseo lo mejor en el nuevo camino que ha emprendido. Mi relación con Dios de un tiempo para acá no ha sido todo lo satisfactoria que quisiera y no estoy diciendo que la experiencia religiosa tenga que ser sensible, pero no he vivido como religioso lasaliano: he perdido el espíritu propio del Instituto, el espíritu de fe.No estoy a disgusto con el trabajo que llevo ni con la relación con los jóvenes que tenemos; es otra cosa. Es considerarme dentro de cinco años y no me concibo como Hermano. Sé que lo que planteo puede vivirse como Hermano, pero tendría que estar todo impregnado de espiritualidad, todo teñido de la opción radical por hacer la obra del Instituto, el sentir a Dios presente y cercano en la comunidad. Mis motivaciones han cambiado, quizá sea el cúmulo de circunstancias, quizá el peso de la soledad que todos a veces sentimos, quizá el desencanto. Lo que sí es cierto es que no me siento cómodo como Hermano.

Y finalmente, el testimonio de un joven Hermano que al no ser aceptado hace pocas semanas a la renovación de sus votos recurrió al centro del Instituto para reconsiderar su petición. En su carta expresaba: Pensé que muchas cosas ya las tenía superadas. No era cierto. Dios me está destrozando por dentro con un amor implacable y el hecho de vivir este momento es una llamada a ser todo de Él. Le escribo con humildad, que me cuesta tanto, confiado que Dios es quien nos lleva. Por todo esto le pido su autorización para renovar mis votos. El compromiso a vivir en conversión lo tomé ayer y lo reafirmo hoy con esta carta. Pido una oportunidad como ser humano, como un Hermano que le pide ayuda, y me pongo en manos de Dios para que se cumpla su Voluntad. Confío en usted y le doy las gracias de antemano.

Me parece que en todas estas experiencias y testimonios afloran intuiciones importantes para nuestra vida de Hermanos. En efecto todas parten de una fuerte experiencia de Dios, de un Dios cercano y no una entelequia. De una relación que únicamente puede expresarse en términos de amor. De un amor implacable, religión, ley y fe, que se convierten en invitación a una fidelidad cotidiana y a un enamorarnos de su Palabra.

La pregunta que se plantea a ustedes Hermanos jóvenes y a cada Hermano podría ser: ¿el fin último de nuestra vida de Hermano es buscar ante todo la gloria de Dios, hacer de Dios nuestro Absoluto? ¿Hasta dónde nuestra vida religiosa es una experiencia de Dios? ¿En un momento en que se da un despertar de la búsqueda de la trascendencia, somos capaces de ofrecer una mística que atraiga? ¿Manifestamos esta dimensión vital en nuestra oración personal y comunitaria?

Adelso decía que para lograr lo anterior, luego de discernir con el corazón libre, optaba por permanecer con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Y en los otros testimonios aparece la Comunidad como lugar unificante, en medio de tantas idas y venidas, de nuestra asociación para llevar juntos las escuelas al servicio de los pobres, Comunidad que nos debe permitir sentir a Dios presente y cercano.

No me alargo en este tema, porque lo he desarrollado en la última Carta Pastoral a la que los remito. Ciertamente nuestra comunidad es nuestra primera asociación. Una asociación de personas que tejen entre sí lazos fraternales, a partir de una idéntica experiencia: la de haber sido "atrapados" por Dios para el servicio de los jóvenes pobres, y a partir de ellos de todos los jóvenes. Ciertamente, también nuestro ser Hermanos, es nuestra mayor riqueza, nuestra fuerza, nuestro secreto. Los invito Hermanos a no ser sólo consumidores, sino sobre todo constructores de comunidad.

Me parece que lo expresado en los testimonios anteriores lo podemos ver sintetizado en la propuesta 22 de nuestro 43º Capítulo General, que no dudo en calificar como una de las más importantes y revolucionarias de nuestro último Capítulo, particularmente de cara a ustedes los Hermanos jóvenes: Con el fin de ofrecer a los Hermanos, sobre todo a los más jóvenes, la posibilidad de dar prioridad al servicio educativo de los pobres y de llevar una vida comunitaria significativa, cada distrito en su próximo Capítulo:

. Evaluará la dedicación actual de los Hermanos en las obras y en las estructuras de funcionamiento del Distrito.
. Elaborará un plan de evolución de la dedicación de los Hermanos en las obras existentes o a crear.
. Determinará lo que convenga cambiar en las estructuras de funcionamiento del Distrito (Propuesta 22).

Creo que esta propuesta nos presenta una visión muy clara de lo que debe ser el Instituto del futuro para seguir teniendo sentido y ser fecundo. Dos condiciones son indispensables: la prioridad del servicio educativo de los pobres y una vida comunitaria significativa. Como Hermanos jóvenes deben sentirse interpelados a vivir el cuarto voto: la asociación para el servicio educativo de los pobres, como una de las maneras privilegiadas de recuperar la mística de nuestros orígenes.

Al término de esta conversación con ustedes quisiera compartirles también algunas de mis vivencias personales que se han ido convirtiendo en certezas y convicciones que inspiran mi ser y mi actuar. La certeza del amor gratuito y desproporcionado de Dios, la certeza de su perdón incondicional, la certeza de su presencia siempre cercana. Estas tres certezas las complemento con las certezas que iluminaron a nuestro Fundador y que él sintetizó en unos términos que a todos nos deben ser familiares. La certeza de la presencia de Dios, descubierto en todas partes, pero particularmente en nuestro propio interior, en la Eucaristía y en la comunidad. La certeza de la guía de Dios, de un Dios que nos conduce con dulzura y amor, de compromiso en compromiso. La certeza de que estamos comprometidos en la obra de Dios a través de nuestro ministerio de educación cristiana.

Hermanos jóvenes al mirar hacia atrás en sus vidas ¿qué convicciones fundamentan su existencia? ¿Qué certezas iluminan su caminar? De su respuesta depende el futuro del Instituto hoy, de su respuesta depende que muchos jóvenes encuentren también sentido a sus vidas. Ayúdennos Hermanos jóvenes a:

hacer de Dios el Absoluto de nuestras vidas y ser sacramentos de su presencia,
correr riesgos en la misión y no tener miedo a la asociación para el servicio educativo de los pobres,
crear lazos afectivos entre nosotros y valorarnos mutuamente,
vivir la pobreza sin acomodarnos,
mantener limpio el corazón y la mirada,
dejarnos llevar por el Espíritu,
sentirnos libres en el Señor siendo fieles ante todo a Jesucristo, al Evangelio y al Espírtu,
ser multiplicadores de la gracia de Dios para los jóvenes,
ser Hermanos sin fronteras, abiertos a las necesidades del mundo,
no estirar el presente sino a alumbrar el futuro con creatividad y esperanza.

Fraternalmente en de La Salle.

Hermano Álvaro Rodríguez Echeverría
Superior General

E-mail: arodriguez@lasalle.org


Para la publicación de noticias, por favor escribir a:lasallew@lasalle.org
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