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Una carta del Hermano Superior a los Hermanos mayores
Rome, 6 julio 2003
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"En la ancianidad, seguirá dando fruto... " (Sal. 92, 15)
Hermanos que viven la edad de la jubilación o que se acercan a ella: cada uno de ustedes tiene su responsabilidad en la vitalidad del Instituto (R. 145). La identidad y la valía como Hermanos no disminuye en absoluto porque se hagan mayores, o porque las fuerzas se debiliten. Ustedes son un vivo ejemplo de lo que nos dice la Regla: El primer apostolado de los Hermanos consiste en el testimonio de su vida consagrada (R. 24). Muchos de ustedes se han integrado a nuevos compromisos al servicio de los demás, en ministerios que siguen llenando su vida. Contamos con todos ustedes para transmitir nuestra herencia espiritual y educativa a las nuevas generaciones de lasallistas. Contamos con ustedes para mostrar a los jóvenes que ser Hermano puede dar a una vida plenitud y felicidad (Mensaje del 42º Capítulo General a los Hermanos).
Queridos Hermanos:
El año pasado escribí una carta a los Hermanos jóvenes para animarlos en su vocación y pedirles que nos ayudarán en la renovación del Instituto. Desde entonces pensé también, en escribir una carta a los Hermanos mayores, porque pienso, como lo dije en una entrevista a la revista española Vida Religiosa, que las dos riquezas de una congregación son los jóvenes, que nos animan y empujan hacia delante, y los religiosos mayores que nos ofrecen el testimonio de su fidelidad. Sin embargo no es tan fácil hoy precisar esta etapa de la vida que se ha alargado y comienza más tarde. Me dirijo a los Hermanos de más de 70 años, consciente de que mucho de lo que aquí comparto puede aplicarse a otras edades. Hermanos ¡qué el Dios de la vida esté con ustedes!
Escribo estas líneas el día del funeral del Hermano Leone Morelli, y creo que el testimonio de su larga vida de 91 años puede ser un estímulo para todos. Como lo expresaba en la comunicación hecha al Instituto, para los que tuvimos la gracia de conocer al Hermano Leone su recuerdo es imperecedero. Hasta los últimos días de su larga vida su persona siempre ha reflejado entre otras muchas cualidades una espiritualidad profunda, exquisita cortesía, un interés fraterno por cada uno, una delicadeza remarcable, una gran serenidad, un amor a toda prueba por nuestro Instituto. El Hermano Leone para mí es un representante de los tantos y tantos Hermanos que a lo largo y ancho de la geografía lasaliana nos manifiestan con sus vidas que vale la pena vivir hasta el final nuestra vocación lasaliana.
Dos situaciones pueden darse entre ustedes Hermanos que viven esta etapa. La de aquellos que continúan realizando la misión lasaliana de manera adaptada sus condiciones físicas y la de aquellos que debido a quebrantos de salud o por su edad se ven limitados en su realización. Sin embargo todos están llamados a continuar con la misión que dio sentido a sus vidas en la entrega a los jóvenes por medio de la educación cristiana. Para los primeros el último Capítulo sugiere que privilegien un servicio educativo de los pobres. De hecho la propuesta 21 pide al centro del Instituto: establecer una lista de apostolados donde los Hermanos puedan aportar su ayuda al servicio educativo de los pobres para un servicio determinado. Para los segundos, mediante el ofrecimiento al Señor de sus dolencias y por sus oraciones a favor de la misión lasaliana de poner los medios de salvación al alcance de los jóvenes. Ambas contribuciones son preciosas y necesarias.
Decía Morris West en "Las sandalias del pescador", "Cuesta tanto llegar a ser plenamente humano que son muy pocos los que tienen la clarividencia o el coraje de pagar el precio". Todos conocemos, sin duda, Hermanos que al final de su vida nos dan testimonio de que esto es posible y nos animan con su ejemplo a seguir sus pasos viviendo con autenticidad cada etapa de nuestra vida para hacer realidad un día lo que en ellos es ya anticipo de lo que esperan. Pero esto no se improvisa, se prepara a lo largo de la vida, particularmente de la mitad de la vida en adelante.
En mis visitas a las distintas Regiones del Instituto he compartido como una de las experiencias que más profundamente me ha marcado, los encuentros que he tenido con Hermanos mayores en sus Casas de jubilados. No dudo en decir, que en estas ocasiones, he tocado a Dios con las manos. Y esto, porque he percibido a través de su testimonio, el amor gratuito de Dios el valor de la fidelidad, su participación en el misterio pascual y una dimensión más contemplativa de la oración.
En el Libro de los Proverbios encontramos un texto que define el sentido de la vida. "La senda de los justos es como luz del alba, que va en aumento y crece hasta el mediodía" (Prov. 4,19). Se trata de una visión optimista de la vida. A medida que avanzamos en edad debemos ir creciendo en la luz y claridad de Dios que da sentido a los objetivos que orientan nuestra vida. En ese mismo sentido la Regla nos dice que debemos desde la fe encarar nuestra existencia como una sucesión de llamadas de Dios y respuestas de nuestra parte (Cf. R.100).
La vida humana es una aventura en la que cada etapa tiene sus retos, su misterio, su belleza. A lo largo de todo el proceso que constituye nuestra vida lo fundamental seguirá siendo nuestro seguimiento de Jesús, la interiorización de los valores evangélicos, la anticipación del Reino de Dios. Pero cada etapa tiene sus luces y sus sombras, sus más y sus menos, que es importante conocer. Respecto a la edad que ustedes están viviendo, la Guía de la formación les invita y nos invita a descubrir y a celebrar la belleza de esta etapa que anticipa la "inutilidad" de una vida eterna con Cristo en Dios ( p. 205).
Y esto, porque si la primera etapa de la vida está más centrada en nosotros mismos y en la necesidad de nuestro desarrollo personal, la segunda que ustedes están culminando, tiene como objetivo alcanzar el "fondo del alma". Ese punto en el que el hombre está de verdad consigo mismo y en el que Dios habita. Según Tauler, místico dominico alemán del siglo XIV, a partir de la mitad de la vida es importante que nos dejemos vaciar y desnudar por Dios para ser vestidos con El de nuevo por su gracia.
Hermanos, hoy más que nunca necesitamos testigos de Dios, y ustedes más que nadie pueden prestarnos este valioso servicio. La etapa de vida que están viviendo es un momento de gracia en el que pueden, con la ayuda de Dios y el acompañamiento fraternal realizar el cambio más radical e importante de la vida humana. Como lo expresa muy bien nuestro último Capítulo General: en todas las etapas de nuestra existencia, vivimos una tensión entre dos movimientos del ser: la vuelta hacia nosotros mismos y la orientación hacia los demás. Estos dos movimientos pueden tener efectos positivos y negativos.
Al fin de nuestra vida, cuando la disminución de fuerzas no nos permite dedicarnos a la acción, se vive más intensamente el repliegue sobre uno mismo. Es el momento en que cada uno se confronta con su pasado, donde la relación con su cuerpo tiene una importancia particular. Es el momento en que se interroga sobre el sentido de su existencia con una intensidad singular.
Esta fase de la vida es una prueba; puede ser también un don. Este don consiste en reconocer el paso de Dios en su vida, darle gracias y entregarse totalmente a Él con confianza y amor (Circular 447, p. 48).
La serenidad que muchos de ustedes reflejan es fruto de la capacidad que han tenido de entregar la propia voluntad a la voluntad de Dios y de renunciar a su voluntad de conquista para abandonarse por completo en Dios, estar simplemente ante Dios, vivir en su presencia.
Si durante el tiempo juvenil era normal planear la vida y la práctica, en la edad madura se exige la entrega del corazón, el abandono en manos de Dios. El Fundador así lo vivió según testimonian sus últimas palabras: "Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo". Y fue lo que Jesús expresó a Pedro: "En verdad cuando eras joven, tu mismo te ponías el cinturón e ibas donde querías. Pero, cuando llegues a viejo abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará donde no quieras. Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en que forma iba a morir y dar gloria a Dios" (Jn. 21, 18-20).
La vida humana puede compararse con el recorrido del sol. Por la mañana asciende e ilumina al mundo. A mediodía alcanza su cenit y sus rayos comienzan a disminuir y a decaer. La tarde es tan importante como la mañana. Sin embargo sus leyes son distintas. Para el hombre esto significa el reconocimiento de su curva vital que desde su mitad ha de ajustarse a la realidad interior en lugar de a la realidad exterior. Ahora se exige la reducción a lo esencial, el camino hacia el interior, la introversión en lugar de la expansión. "Lo que la juventud encontró y debía encontrar fuera, el hombre de la tarde lo debe encontrar en el interior" (Cf. Anselmo Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual). Por eso son esenciales en este momento de nuestra vida, relativizar nuestra persona, aceptar nuestras sombras, abandonarnos en manos de Dios.
En esta etapa de nuestra vida debemos tomar conciencia, ciertamente, del descenso de la curva biológica de nuestra vida para dejar ascender su línea psicológica en dirección a una entrega más desinteresada y su línea espiritual en dirección a Dios. Es hacer realidad la experiencia de Pablo: "Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro...paseamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo" (2Cor.4,7,10) o el prefacio I de Difuntos:"Aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo".
Al acercarse de esa tarde en que se nos juzgará sobre el amor debemos mirar hacia delante como nos recomienda San Pablo: "Una sola cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está adelante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde arriba por el Mesías Jesús" (Fil.3,13-15). No seamos de los que siguen mirando hacia atrás.
Sin olvidar, sin embargo, que el Padre, no importa la edad que tengamos, nos va a impulsar siempre a darnos y a entregar la vida por la salvación del mundo en una misión sin cesar renovada, de acuerdo a nuestras fuerzas y posibilidades. Tal es el pensamiento del 43º Capítulo General: Agradecidos a los Hermanos mayores por el testimonio que dan a su alrededor y por la riqueza espiritual de su vida religiosa, todos los Hermanos del Capítulo General los animan a continuar su misión en algún apostolado adaptado a su propia situación, así como por su presencia y su oración. (Circular 447, p. 48).
Hermanos, al terminar esta carta quisiera compartir un texto tomado de un libro que recientemente he leído, del jesuita español, José María Castillo. Creo que lo que dice de la vida religiosa de los inicios, tiene plena vigencia hoy. Al leer los escritos que nos dejaron los primeros testigos de la vida religiosa, resulta sorprendente este hecho: los grandes protagonistas del monacato original fueron los ancianos. Porque ellos eran los formadores, los hombres ejemplares en los que los demás, sobre todo los jóvenes tenían que fijarse y aprender, para asimilar el espíritu y el estilo de vida que el nuevo candidato quería emprender (El futuro de la vida religiosa, p.162).
Hermanos ayúdennos a buscar siempre el absoluto de Dios en nuestras vidas. Ayúdennos a seguir a Jesús con mayor radicalidad. Ayúdennos a entregarnos con celo ardiente al servicio de los jóvenes pobres y a partir de ellos de todos los jóvenes. Ayúdennos a vivir una vida comunitaria en la que demos prioridad a la calidad de las relaciones. Ayúdennos a entusiasmar a nuevos jóvenes a seguir nuestros pasos al ver en ustedes una vocación plenamente realizada. Ayúdennos a compartir con los seglares nuestra misión y no teman a una asociación que nos abre nuevos caminos de futuro.
Hermanos, necesitamos de su consejo, de sus oraciones, de su paciencia, de su sabiduría, de su apoyo y comprensión. Gracias Hermanos por su testimonio de fidelidad.
Que María nuestra Madre siempre atenta a la Voluntad del Padre les ayude cada día a reproducir la imagen del Hijo con el poder del Espíritu.
Fraternalmente en de La Salle.
Hermano Álvaro Rodríguez Echeverría
Superior General |
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