Queridos Hermanos:
“El peso del día y del calor...” (Mt. 20,12)
Hermanos que están en plena actividad: saben bien que los dones y talentos que ponen al servicio de los alumnos, de los Hermanos, de los Colaboradores Lasallistas son un don del Señor. Gracias por compartir con generosidad esos dones y talentos. A través de las responsabilidades en la enseñanza y en la administración, en la formación, en otros servicios y otras formas educativas, son modelo de celo y entrega a los demás. Inviten a los jóvenes a unirse a nosotros, a nuestra vida de fraternidad consagrada, para que ellos, a su vez, puedan compartir con otros sus talentos. Invitar a un joven a ser Hermano es una muestra de gran confianza en él. Es dar testimonio de la estima que tenemos por nuestra vocación (Mensaje del 42º Capítulo General a los Hermanos).
En los dos años anteriores he escrito sendas cartas dirigidas a los Hermanos jóvenes hasta los 35 años y a los Hermanos mayores a partir de los 70 años. Por consiguiente esta carta se dirige a los Hermanos que nos encontramos entre los 35 y los 70. Así como los obreros del Evangelio protestaron por el salario, al haber aguantado el peso del día y del calor, algunos Hermanos de lo que llamaré segunda edad también lo hicieron porque no habían recibido una carta dirigida a ellos. No fue un olvido sino un plan previsto de tres años. Y es con mucho gusto que me dirijo a cada uno de ustedes, Hermanos en plena actividad cuya generosidad y talentos hace posible, en gran parte, la marcha de nuestro Instituto en su servicio educativo y evangelizador a los jóvenes, especialmente los pobres y aquellos en situación de riesgo, para gloria de la Trinidad.
En esta larga etapa que la ciencia médica ha prolongado podemos distinguir dos momentos. El primero que va de los 35 a los 55 años, llamado por muchos el del demonio meridiano. Estos años nos traen normalmente un sentido de madurez religiosa, se refuerza el vigor de nuestras convicciones y la confianza en nuestros recursos. Para muchos, ha sido el período de mayores responsabilidades. Por otra parte en esta edad aparecen unos cambios que no se pueden dejar de lado. Existe una necesidad vital de continua autoformación. Algunos aspectos que debemos cuidar son el fenómeno afectivo, la duda existencial sobre el valor de la vida y la vocación, cierta instalación en la mediocridad, el escondernos detrás del trabajo evitando las relaciones, el fastidio, el cerrarnos y tomar distancia de los demás.
En esta etapa de la vida, a menudo, es necesario hacer un alto en las actividades normales. Se hace necesario un compromiso renovado, una evaluación de la vida y del ministerio, así como de las relaciones con Dios, consigo mismo y con los demás. Últimamente el CIL ha organizado algunas sesiones para Hermanos de esta etapa y existen otras muchas de calidad sea a nivel de Regiones, de Vida Religiosa y de Iglesia, que sería muy bueno aprovechar.
El segundo va de los 55 años hasta la jubilación. Es la penúltima etapa de nuestra vida que, como las anteriores, encierra también sus desafíos. Configurada ya la personalidad y afirmado el significado de la vida, nos sentimos capaces de ir más allá del centrarnos progresivamente sobre nosotros mismos y del vivir la nostalgia del pasado, para seguir ofreciendo lo mejor de nuestra persona. Se tiende a prolongar lo ya adquirido en las etapas anteriores. Si nos resistimos a los cambios y luchamos por mantener el statu quo, podemos volvernos personas amargadas, que combaten su nueva situación y experimentan un cierto desencanto de todo y de todos.
Tauler (dominico,1300-1361) habla a menudo de los cuarenta años como del momento de un giro en la vida del hombre: El hombre hace lo que quiere, lo comienza como quiere, pero no alcanza nunca la verdadera paz hasta que su ser no sea imagen del hombre celeste que no es antes de los cuarenta años. Hasta entonces está ocupado con muchas cosas y la naturaleza le lleva de aquí para allá y muchas veces sucede que la naturaleza le domina y él cree que es el mismo Dios y no puede alcanzar la verdadera y plena paz y ser celeste del todo antes del tiempo dicho. Luego el hombre debe esperar diez años antes de que el Espíritu Santo, el consolador, en verdad le llene. El Espíritu que le enseña todo.
Se trata, pues, de una aventura no menos apasionante que la de la primera mitad de la vida. El objetivo del camino es alcanzar el fondo del alma, el punto en el que el hombre está de verdad consigo mismo y en el que Dios habita. El fondo del alma no se puede alcanzar con las propias fuerzas, ni mediante empeños ascéticos y ni siquiera con mucha oración. No se alcanza por el hacer sino por el abandonarse, por el entregarse.
En la primera mitad de la vida por lo general, el hombre está preocupado, aún en la dimensión religiosa, por el hacer propio. Se desea avanzar en el camino hacia Dios mediante ejercicios espirituales... el hacer es lo más importante. Sin embargo no se alcanza el fondo del alma por el esfuerzo propio, sino solamente cuando se deja obrar a Dios. Y Dios obra en nosotros a través de la vida. Dios nos vacía mediante desengaños, nos revela nuestra pequeñez a través de los fallos, trabaja en nosotros por el sufrimiento de que nos cree capaces...
Según Tauler en la mitad de la vida es importante que nos dejemos vaciar y desnudar por Dios para ser vestidos con Él de nuevo por su gracia. Se trata del nacimiento de Dios en nuestro interior. Cuando Nikos Kazantsakis era joven entrevistó a un viejo monje en el Monte Athos. Y una de las preguntas fue: ¿Todavía debe luchar duro contra el diablo? No, respondió el monje. Así fue antes pero ahora que soy viejo y estoy cansado el diablo también como yo se ha vuelto viejo y cansado. Ahora lo dejo solo y él me deja solo. Entonces, ¿su vida es fácil ahora, - preguntó Kazantsakis - no más luchas? ¡Ah no! replicó el monje, es peor. Ahora lucho con Dios (Ron Rolheiser, OMI).
Tauler observa que entre los hombres entregados durante años a la vida religiosa algunos caen en una crisis espiritual entre los cuarenta y los cincuenta. Se pierde el sentido de lo que se hace: oración, apostolado, comunidad... y las formas externas en las que uno se ha apoyado. Esta crisis es obra de la gracia de Dios que quiere conducir al hombre a la verdad, llevarle hasta el fondo del alma. Sin embargo frecuentemente reaccionamos mal, mediante la huída o la inhibición.
La huída nos hace buscar responsables de lo que nos pasa en los demás, en las estructuras, en los cambios del Instituto, de la Iglesia y de la sociedad, etc. Proyectamos nuestro descontento fuera de nosotros mismos y buscamos una solución en aferrarnos a nuestras ideas y costumbres o en buscar nuevas formas de vida, nuevas espiritualidades, nuevas experiencias…
Anthony de Mello nos pone el siguiente ejemplo en su libro Contacto con Dios: Antes de abandonar la Iglesia, Charles Davis, publicó en la revista América, un artículo en el que más o menos decía lo siguiente. Después del Vaticano II, experimenté un verdadero entusiasmo por las perspectivas de renovación, modernización, y cambios de estructuras que se le ofrecían a la Iglesia. Y me dediqué a presentar ante nutridos auditorios la nueva y maravillosa teología del Vaticano II, que encerraba tan rico potencial de aggiornamento y de reforma.
Pero, poco a poco, empecé a comprender que todos aquellos rostros que me miraban no buscaban una nueva teología sino que buscaban a Dios. No veían en mí a un teólogo con un mensaje que ofrecer, sino a un sacerdote que fuera capaz de darles a Dios. Entonces miré en mi interior y descubrí, absolutamente desolado, que yo no podía darles a Dios porque no lo tenía. Lo que tenía era un enorme vacío en el corazón... Y, cuanto más me ocupaba en cosas como la reforma y la modernización de las estructuras de la Iglesia, o la renovación litúrgica, los estudios bíblicos y los métodos pastorales, más fácil me resultaba escapar de Dios y del vacío que había en mi corazón.
De la huída a la inhibición no hay más que un paso. Es fácil atrincherarnos en grandes fundamentos inamovibles para ocultar nuestra angustia interior; lo que nos va llevando al endurecimiento, a la falta de amor, a quejas de los demás, o juicios sobre la flojedad moral o religiosa. No irradiamos ya ni el amor ni la bondad de Cristo. En el fondo tenemos miedo de que Dios rompa y destruya el edificio de seguridades y autojustificaciones y quedar desnudos y a cuerpo limpio ante el verdadero Dios.
En realidad lo más importante en este momento es la marcha al interior, la vuelta al propio fondo del alma, el reconocimiento reconciliado de lo que somos, la aceptación de nuestros límites, incoherencias y pecados. Es el momento de abandonar la voluntad de conquista para abandonarnos por completo a Dios y hacer nuestra su Voluntad: Señor, yo quiero lo que tú quieres. Dios no es solamente una instancia exterior, ni tampoco un ideal al que se tiende, sino que es Alguien nacido interiormente al que se le experimenta y se vive ahora con la experiencia del Dios presente. Ya no soy yo... La segunda mitad de la vida tiene un objetivo: permitir que Dios tome la dirección de nuestra vida, llene nuestro corazón de paz, serenidad y amor, se entregue en nosotros a nuestros Hermanos, a los jóvenes, a los pobres y al mundo a los que quiere salvar.
Hermanos, hagamos nuestro el consejo que nuestro Fundador daba a un Hermano anónimo, que puede ser cada uno de nosotros: No se angustie ante el porvenir; abandónelo todo a Dios, que tendrá cuidado de usted (Carta 106,1). Que María nuestra madre nos haga dóciles al Espíritu (Regla 76). |