Noticias del Instituto y de la Familia Lasaliana

Roma 4 de abril de 2005

SITUACIÓN DE LA VIDA CONSAGRADA: realizaciones, desafíos, perspectivas

Institutos Religiosos masculinos

Hacer una presentación de la Vida religiosa masculina no es fácil porque, situada en el corazón mismo de la Iglesia (VC 3), participa de forma particular de sus vicisitudes, aspiraciones y crisis. Esto quiere decir que para comprenderla tenemos que tener como telón de fondo la situación actual de la Iglesia y cómo responde a los retos que le presenta el evangelio y el mundo. En segundo lugar hablar de Vida religiosa masculina no es fácil porque la Vida religiosa más allá del género forma una unidad, como lo hemos vivido las dos Uniones en ese momento de gracia que ha sido para nosotros el Congreso: Pasión por Cristo, pasión por la humanidad, del mes de noviembre pasado y, finalmente, porque hablar de Vida religiosa masculina supone estar conscientes de la diversidad de formas y carismas con que el Espíritu ha enriquecido a la Iglesia. De hecho en la Unión de Superiores Generales participan los Canónigos regulares, los Monjes, las Órdenes mendicantes, los Clérigos regulares, las Congregaciones Religiosas clericales, los Institutos religiosos de Hermanos, las Sociedades de Vida apostólica, y algunas Congregaciones de Derecho diocesano y otros Institutos de Vida consagrada.

En la celebración del 40 aniversario de Perfectae Caritatis quisiera partir de la definición de Vida religiosa dada por el Vaticano II y que sirvió para la elaboración de este importante documento: Este estado, si se atiende a la constitución divina y jerárquica de la Iglesia, no es intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que de uno y otro algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la Iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo (LG 43). Y es que no podemos olvidar que según las estadísticas publicadas en el Instrumentum Laboris del Sínodo sobre Vida consagrada, el 82,2% de la Vida religiosa es laical y mayoritariamente femenina. El 72,5% son religiosas, y el 27,5% de la Vida religiosa masculina está constituido por un 17,8% de sacerdotes y un 9,7% de Hermanos.

Me parece que hoy en la Iglesia estamos viviendo una tendencia a valorizar el Monaquismo y las Nuevas formas de Vida religiosa que están surgiendo. Ciertamente el monaquismo es una forma de Vida religiosa que por su profunda espiritualidad siempre ha inspirado a todos los religiosos y las nuevas formas con su sangre nueva y creatividad son un nuevo estímulo. Pero no debemos caer en un reduccionismo que nos impida ver los caminos del Espíritu en su variedad de formas. Personalmente me parece que la Vida religiosa masculina ha hecho un aporte muy significativo a la Evangelización, tal como reconocía Paulo VI al hablar de la Vida religiosa en general: Pero, ¿quién no mide el gran alcance de lo que ellos han aportado y siguen aportando a la evangelización? Gracias a su consagración religiosa, ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y su propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo. (EN 69).

Ante el envejecimiento y la disminución del número de los religiosos en algunos sectores del mundo, la tentación es dejarnos llevar por el pesimismo y el desánimo. Sin embargo desde la fe e iluminados por la esperanza y por un profundo amor a todos aquellos a quienes debemos servir podemos también hacer nuestra la experiencia de Pablo en Asia, en un momento de profunda turbación y peligro. Sentimos en nosotros una sentencia de muerte, pero eso fue sólo para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. El nos libró de ese peligro de muerte tan grande y nos seguirá protegiendo. En Él hemos puesto nuestra esperanza. (2 Cor. 1,9). Lo que estamos viviendo ¿no será más bien una ocasión propicia, un tiempo de gracia y de purificación para, desde nuestra fragilidad, no confiar tanto en nosotros mismos, en nuestros medios y en nuestro prestigio y confiar en ese Dios capaz de resucitar a los muertos y en quien hemos puesto nuestra esperanza? Y esto sin olvidar las nuevas vocaciones y los jóvenes religiosos que encontramos hoy en los continentes emergentes.

Hoy, más que ayer, como nos lo recuerda Ringlet, se trata de un salir de Egipto, de pasar el mar Rojo y de encontrar pueblos extraños , en búsqueda de aquello que es posible y nuevo.

•  Salir de Egipto , del Egipto de nuestras seguridades y certezas para mirar con ojos nuevos, los de Jesús, las urgencias que viven nuestros contemporáneos y especialmente los pobres y excluidos del proceso de globalización que estamos viviendo en todos los continentes.

•  Pasar el Mar Rojo de nuestras inseguridades e incertidumbres. De estilos de vida secularizados, desapasionados, desilusionados y consumistas, que no revelan al mundo la pasión de Dios por los pobres y por los más desheredados de esta tierra. Inseguridades e incertidumbres por la disminución de efectivos. Inseguridades e incertidumbres en nuestra vida comunitaria y apostólica que no sabemos siempre integrar. Inseguridades e incertidumbres por la violencia, las guerras y por las situaciones políticas y sociales ante las cuales no siempre sabemos situarnos desde la óptica evangélica. Inseguridades e incertidumbres ante la poca valoración que hoy sectores de la Iglesia dan a la Vida religiosa.

•  Y sobre todo, apertura a encontrar pueblos extraños , en nuevos lugares de servicio evangélico, en los nuevos areópagos de que nos habla Vita Consecrata, abriendo nuestras tiendas a tantos y tantos hombres y mujeres que buscan algo más y desean saciar su sed espiritual o que viven mayores carencias, y a aquellos seglares que hoy quieren compartir nuestra misión y espiritualidad.

Podemos preguntarnos: ¿hasta qué punto nuestra Vida religiosa es una experiencia apasionada de Dios y, hasta qué punto nuestra vida es ante todo seguimiento de Jesús en su entrega al Padre y a los hermanos/as?, ¿hasta qué punto el Reino de Dios que para Jesús fue central y que en palabras de Paulo VI es absoluto y todo el resto relativo (EN 8), es también para nosotros el centro de nuestra misión e intereses?, ¿hasta qué punto somos más un grito del absoluto de Dios que una función; una presencia del Verbo encarnado más que una tarea? y también, si nuestra propia vida espiritual y de oración ¿es un ejercicio a cumplir o una necesidad vital, un imperativo moral o un imperativo existencial?

Y tampoco podemos pasar por alto los desafíos que hoy se nos presentan o las perspectivas que se nos abren. Me refiero sobre todo a:

•  El secularismo . Muchas veces nuestro lenguaje es más tímido cuando hablamos de Dios que el de muchos seglares convencidos en la vivencia de su fe. Algunas veces vocaciones jóvenes que nos llegan en búsqueda de espiritualidad y sentido, no encuentran en nosotros una respuesta ni una ayuda. Y sin embargo Pablo VI definía al religioso como un profesional de Dios.

•  La sociedad de bienestar y el contagio del sistema neoliberal y del consumismo . Es otro problema que ha invadido nuestras comunidades. Vivimos teniéndolo todo. Podríamos preguntarnos qué significa nuestra vida para los seglares que tienen que trabajar arduamente y luchar para tener lo necesario, mientras que nosotros tenemos tantas oportunidades. El consumismo es una tentación permanente y, en la práctica, fácilmente lo vivimos. Debemos esforzarnos por una vida más sencilla. Limitarnos en los gastos, en la sed de necesitar tanto. No debemos hacer habitual lo que podemos permitirnos alguna vez y no debemos olvidar que la Vida religiosa está llamada a ofrecer otro modelo de sociedad y no a copiar el estilo de la sociedad en la que vivimos.

•  El olvidar que los religiosos somos humanos y hermanos . Cuando en nosotros prevalecen otros intereses distintos a los del Evangelio, es natural que el egoísmo y el individualismo tengan la primacía sobre lo que es constitutivo de la persona (humano), del cristiano (hermano) y de la Visa religiosa (un proyecto común al servicio del Reino). Por otra parte, la fraternidad brota espontáneamente cuando se vive con sinceridad y verdad la humanidad. Negar lo humano lleva a actuar de forma in-humana y, por consiguiente, a negar a Dios, que al encarnarse, "asumió la naturaleza humana entera" (GS 3). Pienso que el mejor antídoto es la espiritualidad de la encarnación que nos permita integrar Evangelio y realidad; amor a Dios y amor al prójimo; mística y profecía, fe y celo, pasión por Cristo y pasión por la humanidad.

•  La profesionalización o funcionarismo de nuestra misión. Juan Pablo II en su mensaje al Congreso de Vida religiosa organizado por la USG en 1993 decía que toda consagración en la Iglesia está intrínsecamente vinculada a una síntesis radical y vital entre consagración y misión. No podemos entender la una sin la otra. El problema puede darse cuando nos convertimos en funcionarios y vivimos nuestra acción apostólica como un fin en sí mismo o como una mera búsqueda de nuestra propia realización. Cuando Dios en ella es algo relativo o secundario y en el peor de los casos inexistente. En estos casos nuestra vocación está en serio peligro, porque si lo que me sostiene es el absoluto que he dado a mi acción, puede llegar el momento que ésta no me diga nada, o que piense que puedo realizarla mejor fuera de las estructuras de la Vida religiosa, o que, hoy que vivimos la asociación y la misión compartida con los seglares, no hace falta continuar siendo religioso para vivirla eficazmente. O puedo caer en una seria depresión cuando por motivos de enfermedad o de edad no pueda seguir realizándola.

•  La prioridad de lo institucional. A veces pensamos nuestras misiones y ministerios en clave demasiado institucionalizada. Esto trae como consecuencia apoyarse en programas, estructuras y en un orden impuesto desde el exterior, no en el espíritu que supuestamente debe animar a los religiosos y en el discernimiento común de la Voluntad de Dios. En realidad lo más importante no es necesariamente conservar las obras que tenemos y defender las estructuras que nos animan, el número de nuestros Hermanos o el prestigio de nuestras obras sino responder desde la ternura de Dios y del Evangelio a las necesidades del mundo, a las nuevas pobrezas, estar disponibles para misiones de paz y ser defensores de la vida amenazada. Estar abiertos a los gritos de los pobres para ir allí donde nuestra presencia sea más necesaria de manera que en cualquier momento podamos ser destinados a los lugares de mayor necesidad y urgencia de nuestro mundo. Actuar más por intuiciones, como decía el Hermano marista Benito Arbués, que por seguridades.

•  La clericalización de la Vida religiosa. Desde casi siempre hubo religiosos sacerdotes como los canónigos regulares, casi contemporáneos a los monjes y sabemos que a finales del siglo XIX se multiplican los institutos de religiosos sacerdotes. Está claro que esto ha sido en la Iglesia un movimiento del Espíritu. El problema se da por una parte cuando el ministerio sacerdotal absorbe de tal manera el carisma que éste queda rebajado a un segundo nivel en importancia y en tiempo o cuando contradiciendo la inspiración primigenia de algunas órdenes o institutos se tiende a una clericalización generalizada de sus miembros o a la no comprensión ni valorización de sus miembros no sacerdotes.

•  La no valorización de la Vida religiosa laical . A pesar de que PC afirma que la Vida religiosa laical, tanto de varones como de mujeres constituye en sí misma un estado completo de profesión de los consejos evangélicos (PC 10), me parece que no siempre es valorada y comprendida por los otros miembros del pueblo de Dios o es considerada como incompleta o de segundo orden. Una situación particular es la de los Institutos mixtos formados por religiosos sacerdotes y hermanos. Los Padres sinodales manifestaron en el Sínodo sobre la Vida consagrada que "en tales Institutos se reconozca a todos los religiosos igualdad de derechos y de obligaciones exceptuados los que derivan del Orden sagrado" (VC 61). Sin embargo todavía la comisión especial constituida a este fin no ha aportado una solución satisfactoria que responda a esta propuesta. Otras órdenes o congregaciones manifiestan también el mismo deseo para sus miembros no sacerdotes.

•  Inculturación e interculturalidad. A partir del Vaticano II hemos hablado mucho de la inculturación del Evangelio. El Papa Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio (52), nos dice que a través de su inculturación en diferentes áreas del mundo, la Iglesia llega a entender y expresar mejor el misterio de Cristo. En la Vida religiosa masculina estamos viviendo la misma realidad y el reto que se nos presenta es vivir los elementos fundamentales del carisma encarnado de una manera única y original en cada cultura.  Pero al mismo tiempo se trata de estar abierto en una actitud intercultural a las diferentes culturas y enriquecernos con sus valores. Se trata de un movimiento de reciprocidad, que supera el predominio de una cultura sobre otra, o la imposición de los propios criterios culturales. Proceso que implica también un elemento afectivo, es decir sentir como siente el otro, en actitud de respeto, solidaridad y testimonio evangélico.

•  El impacto de las nuevas tecnologías . Esto nos plantea grandes retos a nivel de la formación inicial y permanente. Nos debemos formar y formar a nuestros Hermanos para el uso de los nuevos medios. No sólo por el peligro, en el caso de Internet por ejemplo, de la pornografía, sino también por el tiempo que esto nos lleva y que a la edad de la jubilación puede ser un pretexto para no buscar nuevos compromisos apostólicos adaptados a esta nueva etapa. Es importante que nos preguntemos: ¿qué ofrecemos? ¿Sólo facilidades? Paradójicamente los jóvenes hoy buscan ser desafiados por ofertas radicales y exigentes.

CONCLUSIÓN

El 21 de mayo de 1996 fueron asesinados en Argelia siete monjes trapenses. El obispo de Orán Mons. Pierre Claverie, O.P., sólo cuarenta días antes de ser también asesinado, escribía:

Desde el comienzo del drama argelino me han preguntado a menudo: ¿Qué hacen ustedes allí? ¿Por qué se quedan? Estamos allí a causa de este Mesías crucificado. Por nada más y nadie más. No tenemos intereses que salvaguardar ni influencias que conservar. No nos mueve tampoco ninguna perversión masoquista o suicida. No tenemos ningún poder; permanecemos en Argelia como a la cabecera de un amigo, de un hermano enfermo, en silencio apretándole la mano, refrescándole la frente. A causa de Jesús, porque es Él el que sufre en esta violencia que no perdona a nadie, nuevamente crucificado en la carne de millares de inocentes. Como María, como Juan, estamos allí al pie de la cruz en la que Jesús muere, abandonado de los suyos, escarnecido de la plebe.

Los mártires de hoy son nuestra mayor riqueza y el testimonio más elocuente del valor de la Vida religiosa masculina en la Iglesia y para el mundo. Creo que hoy nuestra respuesta no puede ser otra. Nosotros también estamos aquí a causa de nuestro Mesías crucificado. No debemos pretender ser un poder o una organización poderosa o de prestigio; no tenemos intereses que guardar, ni influencias que conservar.; para nosotros se trata también de amor y sólo de amor, de una pasión que como la de Jesús nos debe llevar a dar la vida por los niños, los jóvenes, los pobres, los enfermos, las personas mayores, los hombres y mujeres que el Señor nos ha confiado. Se trata de unir mística y profecía y de crear espacios de vida en abundancia.

Vivir nuestra vocación de hombres consagrados nos debe llevar a responder a las necesidades del hombre y de la mujer de hoy, desde Cristo y el Evangelio, inspirados por una " nueva fantasía de la caridad " (IL 25). Lo que el mundo espera de nosotros es, sobre todo, que seamos " buscadores de Dios, del Dios de Jesucristo revelado en el Evangelio " , que le ofrezcamos pistas para su propia búsqueda. Que seamos, también, " testigos de la esperanza " que llevamos dentro como nos invita San Pedro. Nuestra vida debe dar un rostro a la esperanza, estando presentes por elección evangélica en las situaciones de dolor y de miseria; manifestando que la ternura de Dios no tiene fronteras; que la resurrección de Jesús es prenda de victoria; que el Dios de la Vida tendrá la última palabra sobre los ídolos de la muerte; que en el último día Dios secará todas las lágrimas y viviremos " como hermanos y hermanas " .

Hermano Álvaro Rodríguez Echeverría fsc

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