Noticias del Instituto y de la Familia Lasaliana

Hermano Alvaro Rodríguez Echeverría, FSC
Superior General

Roma, 13 de febrero de 2007

HERMANO SANTIAGO MILLER

El 4 de febrero de 1976, Guatemala despertó en ruinas a causa de un terrible terremoto que dejó mas de 20,000 muertos, miles de heridos, muchas familias sin casa y daños materiales incontables. Unos meses después, en julio, los Obispos en su Carta Pastoral “Unidos en la esperanza” manifestaban como este fenómeno natural había dejado al descubierto la realidad de pecado del país. Entre otras cosas afirmaban:

“Este pueblo, lleno de valores, ha sido durante siglos objeto de constante explotación y hoy arrastra una vida injusta e inhumana. Guatemala vive bajo el signo del subdesarrollo y de la dependencia que aparta a nuestros hermanos no sólo del goce de los bienes materiales, sino de su propia realización como seres humanos”

“no tememos señalar que Guatemala vive en situación de violencia institucionalizada, es decir:

• se dan estructuras sociales injustas
• la opresión se hace patente
• existe la marginación en grandes mayorías lo cual hace que se viva en una tensión insoportable”.

“Pero la represión no se hace esperar y hemos entrado, desde hace ya largos años, en lo que se ha dado en llamar la terrible “espiral de la violencia”: a la opresión responde la subversión, a la subversión, la represión y así, poco a poco, el clima se hace más exasperante y el baño de sangre que padece nuestra patria es de características insufribles”

Víctima de este baño de sangre sería en el año 82 nuestro Hermano Santiago Miller que junto a otros 14 religiosos y sacerdotes dieron su vida en servicio del Evangelio y de los pobres entre los años 79 y 82.

El Hermano Santiago trabajó 9 años en Centroamérica. Los primeros 8 en las obras misioneras que los Hermanos norteamericanos tenían en la Costa Atlántica de Nicaragua y el último en Guatemala, después de una breve estadía en su distrito de Saint Paul. En una de sus últimas cartas expresaba:

“Personalmente hablando, estoy cansado de la violencia, pero continúo sintiendo un compromiso fuerte para con los pobres de Centro América que sufren. Los modos de Dios no son los modos de los hombres, dice la Biblia. Dios sabe por qué El siguió llamándome a Guatemala cuando algunos amigos y parientes me animaban a retirarme para mi propio confort y seguridad. Le rezo a Dios por la gracia y la fortaleza para servirle a El fielmente a través de mi presencia entre los pobres y oprimidos de Guatemala. Encargo mi vida a su Providencia. En El pongo mi confianza”.

El 13 de febrero de 1982, hacia las 4 de la tarde, moría víctima de la violencia irracional que asolaba al país. En la declaración hecha por los Hermanos de Huehuetenango se afirmaba: “La muerte del Hno. Santiago no fue accidental. El Hno. Miller murió por o que era y representaba como educador cristiano, apóstol de los pobres y menos privilegiados y trabajador a favor de la justicia y el cambio social”.

Dos cartas me impresionaron después de la muerte del Hno. Santiago. La primera, de él mismo, escrita a un matrimonio norteamericano mayor y jubilado, que pagaban varias becas a favor de jóvenes del Centro Indígena en el que trabajaba Santiago. La escribió pocos días antes de su muerte. Se refería a un joven que la comunidad de Hermanos pensaba expulsar. Santiago decía que continuaran pagando la beca porque él se había hecho responsable de este joven. Que cada noche le iba a llamar para hablar con él y aconsejarle para ayudarle a mejorar y así pudiera terminar sus estudios. Este era el Hno. Santiago. Incapaz de perder la fe en los jóvenes, dispuesto siempre a darse sin miramientos. Nos recuerda al Buen Pastor.

La segunda carta es de un exalumno del Instituto Indígena Santiago, escrita el 17 de febrero del 82, apenas cuatro días después del asesinato de nuestro Hermano, desde un pequeño pueblo de Sololá, en el occidente indígena de Guatemala. La guardo con cariño. “El objeto de mi presente es únicamente: SANTIAGO MILLER, Hombre que siempre vivirá entre nosotros, que se entregó a los pobres y entre ellos murió. De veras Hermanos comparto mi tristeza con todos los Hermanos lasallistas. Como exalumno del Indígena se y nunca olvidaré el amor de los Hermanos para los niños, jóvenes y pobres; quiero compartir mis oraciones con Uds. Para pedir a Jesús nuestro Dios y a nuestro Patrono San Juan Bautista de la Salle que nos ayuden y en ellos confiaremos la bendición para los Hermanos. Para que sí haya más Hermanos y no se desanimen. Si una semilla muere da fruto. Murió un líder, pero nacerán más...”

Veinticinco años después de su martirio, volvemos a recordar el gran don que Dios nos regaló en la persona del Hno. Santiago y le ofrecemos al Señor su vida y muerte. Sus años de servicio en Centroamérica, su trabajo con los jóvenes de la Casa Indígena, su cansancio en la granja, su sangre derramada injustamente mientras reparaba la fachada de la casa. Muerto en el trabajo manual, trabajo de nuestros obreros y campesinos que a él tanto le gustaba.

Y ofrecemos al Señor todo esto, no con resentimiento y amargura, sino con alegría y esperanza porque sabemos que para el cristiano, el misterio pascual no termina con la muerte, porque sabemos que si el grano echado en tierra no muere, no da fruto. Porque creemos que lo mejor que podemos ofrecer al Señor de la vida del Hno. Santiago es precisamente su alegría contagiosa, su amor a la vida y a la tierra, su capacidad de amistad, sus palabras de aliento en las largas horas de orientación personal con sus muchachos.

Que desde el cielo, nos ayude a ser:

• Signos visibles del amor del Padre.
• Continuadores de la obra salvífica de Cristo, sobre todo entre los indígenas y jóvenes más necesitados.
• Hombres llenos del Espíritu, que viven y ayudan a vivir de ese Espíritu que es amor, paz, alegría, generosidad, comprensión, bondad....(Gálatas 6, 22)

Si así vivimos, estaremos preparados, a dar hasta la propia vida, como lo hizo el Hermano Santiago, ya que en palabras de nuestro Fundador: “Todo el agradecimiento que ha de esperarse por haber instruido a los niños sobre todo a los pobres, son las injurias, calumnias, persecuciones y aún la muerte misma. Esa es la recompensa de los santos y varones apostólicos como fue la de Jesucristo nuestro Señor. No esperen otra, si sólo trabajan por Dios en el ministerio que les ha confiado” (Meditación 155, 3).

Me uno espiritualmente a todos aquellos que en los Estados Unidos, en Guatemala y en Centroamérica y Panamá recordaremos con cariño y admiración, veinticinco años después aquel 13 de febrero de 1982, día en el que el Hno. Santiago entregó su vida, como el grano de trigo, para la vida de muchos.
Hermano Alvaro Rodríguez Echeverría, Superior General

Para la publicación de noticias, por favor escribir a: lasallew@lasalle.org

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