El Papa: Los consagrados son fuente de paz. Muchos permanecen donde retumban las armas

Ser profetas y dar testimonio, mediante la profesión de los consejos evangélicos y las obras de caridad, de que Dios está presente en la historia como salvación para todos los pueblos: a esto están llamados los consagrados en el mundo actual, donde la fe y la vida se distancian cada vez más. En la Misa de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebrada el 2 de febrero, en la Basílica de San Pedro, León XIV los anima a ser, cada uno en su contexto, fermento de paz y signo de esperanza.

La misa comenzó en el atrio con el encendido y la bendición de las velas, símbolo de Cristo, precediendo al rito introductorio de la celebración eucarística, se realizó una procesión con personas consagradas y concelebrantes de entre los 5.500 presentes en la basílica.

El ejemplo de los fundadores y fundadoras

El Papa recuerda el ejemplo de fundadores y fundadoras de congregaciones, órdenes y familias religiosas, quienes “con fe y valentía se han dejado transportar, a partir de la Mesa Eucarística”, de diversas maneras: “algunos al silencio de los claustros, otros a los desafíos del apostolado, otros a la enseñanza en las escuelas, otros a la pobreza de las calles, otros a las fatigas de la misión”, volviendo siempre “con humildad y sabiduría, al pie de la Cruz y ante el Sagrario, para ofrecerlo todo y encontrar en Dios la fuente y la meta de cada una de sus acciones”.

Mujeres y hombres, continua el Pontífice, que “con la fuerza de la gracia se han lanzado incluso a empresas arriesgadas”, se han convertido en “presencia orante en ambientes hostiles e indiferentes, mano generosa y hombro amigo” donde había “degradación” y “abandono”, “testigo de paz y reconciliación” en medio de “escenas de guerra y odio, dispuestos incluso a sufrir las consecuencias de actuar contracorriente que los convertía en ‘signo de contradicción’ en Cristo, a veces hasta el martirio”.

La sacralidad de la vida

Las personas consagradas están llamadas, en la práctica, a dar testimonio que los jóvenes, los ancianos, los pobres, los enfermos y los presos están en el corazón de Dios y que cada uno de ellos es un santuario inviolable de su presencia, ante el cual nos arrodillamos para encontrarlo, adorarlo y glorificarlo. Signo de todo esto son los protectores del Evangelio que muchas comunidades religiosas mantienen en los contextos más diversos y desafiantes, incluso en medio del conflicto, afirma el Papa.

“No se van, no huyen, permanecen —despojados de todo— para ser un signo, más elocuente que mil palabras, a la sacralidad inviolable de la vida en su desnuda esencialidad, haciéndose eco, con su presencia —también allí donde resuenan las armas y donde parecen prevalecer la prepotencia, el interés y la violencia— de las palabras de Jesús: «Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque […] sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial»”.

En el encuentro de Jesús con Ana y Simeón, explica el Pontífice, surgen dos impulsos de amor: el de Dios que viene a salvar a la humanidad y el de la humanidad que espera su venida con fe vigilante. 

En el Templo de Jerusalén, continúa el Santo Padre,  “la Fuente de luz se ofrece como lámpara al mundo y el Infinito se dona a lo finito, de manera tan humilde que casi pasa desapercibido”, destaca el Pontífice, quien, recordando las figuras de Ana y Simeón, recuerda la invitación del Papa Francisco a las personas consagradas, en la Carta que les dirigió en 2014, a despertar al mundo “porque la nota característica de la vida consagrada es la profecía”.