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La esperanza es un acto formativo: abre posibilidades, cultiva la imaginación social y sostiene el compromiso con la transformación”.

Muy apreciados Lasallistas: Hermanos, Partners, Estudiantes, Egresados, Profesores, personas vinculadas a nuestras instituciones y a toda la familia Lasallista.

Hoy es un día de fiesta para nuestra familia espiritual, que tiene presencia en todo el mundo, generando respuestas educativas para muchos jóvenes y niños que pueblan nuestras instituciones y se alimentan de nuestra espiritualidad. Recordamos, por supuesto, a San Juan Bautista de La Salle, padre, fundador y patrono de los Educadores del mundo, y a los Hermanos que dieron inicio a esta historia fértil y profética, de gran impacto en la vida de la Iglesia y de los pueblos en los que ha enraizado nuestra propuesta educativa.

Recordamos también un aniversario importante: 325 años del envío de dos Hermanos a Roma para fundar el Instituto allende las fronteras. Fue el primer paso hacia la internacionalización y para entender que, desde nuestros orígenes, ir más allá de las fronteras y habitar las periferias forma parte de nuestra genética.

Hoy seguimos haciendo realidad los sueños fundacionales, especialmente donde las realidades educativas son precarias y la situación de desamparo de los hijos de los pobres y los marginados clama por una educación que libere, permita soñar y dé las competencias necesarias para abrir camino hacia las oportunidades y una vida digna. Sin duda, la educación es la única arma no violenta capaz de cambiar el mundo y la vida de los niños y los jóvenes, es nuestra particular manera de cultivar una paz “desarmada y desarmante”, como nos pide el Papa León XIV. 

De hecho, el lasallismo es una opción basada en la construcción de comunidad y en la preocupación por los pobres y vulnerables; una propuesta educativa contextualizada en las realidades económicas, sociales y políticas; y con mediaciones didácticas que consideran las capacidades de cada persona y el compromiso con la construcción de una sociedad justa, equitativa y pacífica, respetuosa del medio ambiente e inspirada en la ecología integral. Y todo ello, con una fraternidad en el corazón del proyecto educativo.

“La educación es un acto de esperanza”, proclamaba con frecuencia el Papa Francisco; el Papa León nos llama a “diseñar nuevos mapas para la esperanza”. Una de las mejores experiencias que nos regala la educación es poder convivir siempre con el don y la promesa, sembrar y regar, y trabajar como la bisagra que conecta los tiempos históricos —incluso los dramáticos— con la esperanza de la tierra prometida que soñamos, con las utopías que nos inspiran la andadura, con el anhelo de un mundo en paz. Así, nos unimos a muchas personas, grupos y pueblos que ponen su acción y su mirada esperanzadora en el camino, en la búsqueda, en el compromiso con la justicia, la paz, la solidaridad, la inclusión, la integridad de la Creación y la concordia entre los pueblos. 

No podemos olvidar que estamos en medio de una crisis ética que se manifiesta en sociedades muy inequitativas y en modelos económicos excluyentes, por lo que urge comprometernos a abordar estas realidades en nuestras propuestas educativas que promuevan un humanismo que engendra empatía por quienes sufren y una celosa indignación ante la injusticia, para instar y preparar a los niños y jóvenes para ser protagonistas del cambio requerido.

Las realidades actuales nos muestran con frecuencia rostros que transparentan el dolor del desarraigo, el drama de la migración, la peste de la guerra, y las múltiples formas de marginación. Se asoma entonces el poder de la educación que da raíces, muestra horizontes y crea mediaciones para las oportunidades. El Instituto sigue apostando por respuestas novedosas, como “el pasaporte educativo” —un sueño de nuestro Hermano Superior General—, que permitirá la escolarización de niños y jóvenes mientras se migra. Se crean respuestas educativas en las que confluyen jóvenes campesinos, mujeres relegadas, niños sin más fortuna que su deseo de aprender y hasta niños apátridas que saben que la educación es la llave para realizar sus sueños. 

Asimismo, hemos privilegiado las “periferias”, que son geográficas, sociales, existenciales, educativas, y económicas. Periferias habitadas por los relegados de las guerras y las oportunidades, de los sistemas sociales injustos, del olvido de la misericordia y la entronización de la violencia. Muchas veces, en medio del dolor, perviven obras educativas que son fuentes de esperanza y anclas del futuro. 

La esperanza se configura como una categoría ética, histórica y pedagógica: no es optimismo ingenuo ni espera pasiva, sino una forma lúcida de habitar la crisis sin ceder al cinismo. La esperanza nace del cuidado de la memoria —porque sin memoria no hay futuro— y se proyecta como responsabilidad intergeneracional, donde el pasado no es un peso sino una fuente de sentido. 

Está profundamente vinculada a la verdad frente a la saturación de opiniones, al humanismo, porque la dignidad no es reducible a un recurso, y a la solidaridad como estructura, no solo como gesto. La esperanza es un acto formativo: abre posibilidades, cultiva la imaginación social y sostiene el compromiso con la transformación.

Al presentar hoy nuestro saludo en la fiesta de San Juan Bautista de La Salle, va una palabra de agradecimiento a nuestros Hermanos que consumen su vida —de la mañana a la noche— abriendo puertas y mostrando horizontes a los maestros y partners que son guías y fuentes de esperanza, y a todos los bienhechores que nos ayudan a mantener viva la misión. Un saludo especial a los Hermanos jóvenes que han aceptado el reto de ir a las periferias y que hoy, con felicidad, ayudan a construir futuro en lugares complejos y lejanos.

¡Feliz Fiesta de San Juan Bautista de La Salle
y muchas gracias a quienes hacen posible esta misión!