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Syracuse , en el Estado de Nueva York (Estados Unidos), se ha caracterizado por una profunda resiliencia y por continuos desafíos. Durante décadas, la ciudad ha registrado una de las tasas de pobreza infantil más altas del país. Lasallian Social Justice Institute, Instituto Lasaliano de Justicia Social (LSJI) se propuso este año explorar las realidades que rodean a la pobreza infantil y la labor de esperanza.

El pasado mes de julio, 12 participantes lasalianos se enfrentaron a las realidades vividas por los niños y las familias que sufren pobreza y examinaron los sistemas interrelacionados de educación, vivienda, inseguridad alimentaria y acceso a los recursos comunitarios. A través de visitas sobre el terreno, diálogo con colaboradores comunitarios y reflexiones guiadas, se invitó a los participantes a ir más allá de las estadísticas para alcanzar una comprensión más profunda de aquellas personas cuyas vidas se ven afectadas por la pobreza.

El grupo contaba con lasalianos de toda la Región, en representación de centros de enseñanza secundaria, servicios para jóvenes y familias, Catholic Charities, así como de un instituto de investigación y un colegio público concertado. El programa presencial fue dinamizado por el Hermano Michael Phipps, FSC, director interino de misión y formación en Cretin-Derham Hall, en St. Paul (Minnesota), y por Amanda Webster, profesora de religión en la Christian Brothers Academy (CBA), que este año sirvió de sede para el programa.

En su discurso de bienvenida, el presidente de la CBA, Matt Keough, afirmó: «Hay algunas estadísticas alarmantes sobre Siracusa. Pero también hay historias de esperanza. Personas extraordinarias que marcan la diferencia en la comunidad del centro de Nueva York».

Los participantes fueron testigos de la Misión Lasaliana insertada en el programa «Bridge 2 Brothers» de la CBA, que ofrece a los alumnos que van a cursar quinto y sexto de primaria en el Distrito Escolar de la Ciudad de Siracuse un plan de estudios diario y aprendizaje experiencial durante cuatro semanas en verano. Este programa comenzó como un proyecto de fin de carrera del Instituto Johnston y más tarde recibió el Premio Hermano Michael Collins en 2024.

La visita a este programa causó especial impresión a Rachel Jones, profesora de inglés y lengua y literatura de séptimo curso de la escuela concertada Catalyst Maria Charter School de Chicago, Illinois. «Observé cómo los alumnos de secundaria asesoraban con entusiasmo a los de quinto y sexto curso, y aprendí que el verdadero liderazgo requiere paciencia, compasión y el valor de establecer expectativas cariñosas pero firmes», afirmó.

«Percibí cómo la educación trasciende las paredes del aula al crear una comunidad de confianza con las familias. […] La educación tiene el poder de elevar no solo a cada alumno, sino a familias enteras, al fomentar la dignidad, el sentido de pertenencia y la esperanza», añadió Jones.

Del mismo modo, Sergio Rumayor, profesor de religión en el colegio St. Peter’s Boys High School de Staten Island, Nueva York, y antiguo alumno lasaliano, dio testimonio de la misión de la educación lasaliana, que «considera a cada alumno como un individuo igual, digno y merecedor de dignidad, respeto y atención». «Este entorno, con el tiempo, puede dar frutos increíbles y permite a los niños hacer buen uso de los dones que Dios les ha concedido», continuó.

El programa se centró a continuación en el hambre y la esperanza, junto con varias visitas a instituciones locales colaboradoras, entre ellas el Samaritan Center, el Brady Faith Center, el huerto comunitario Brady Farm y la iglesia Grace Church. Realizaron labores de voluntariado con organizaciones dedicadas a la equidad en la vivienda, como «A Tiny Home for Good» (un pequeño hogar para el bien) y «Sleep in Heavenly Peace» (dormir en la paz celestial) donde construyeron literas para los niños de la comunidad.

Mientras realizaba labores de voluntariado en el Road to Emmaus Ministry, una obra de ayuda social de inspiración religiosa, Kristy Reed, supervisora de gestores de casos de los servicios juveniles de Catholic Charities de Filadelfia (Pensilvania), vivió una experiencia que le caló hondo.

«Casi todas las personas a las que atendimos se tomaron la molestia de fijarse en nuestros nombres en las etiquetas identificativas y de darnos las gracias personalmente, mencionándonos por nuestro nombre», recordó. «Fueron capaces de mostrarnos a nosotros, unos completos desconocidos, dignidad y respeto en un momento de necesidad».

Relacionó esto con su obra diciendo: «Al hablar con mis compañeros de trabajo, con otros profesionales y, sobre todo, con aquellas personas a las que prestamos servicios… lo importante es hacerles sentir vistos, escuchados, respetados, etc., incluso a través de algo tan sencillo como llamarlos por su nombre o preguntarles cómo están y escucharlos de verdad».

«Cada obra demostró que el servicio se basa en construir relaciones y en reconocer la presencia de Dios en cada persona», afirmó Alicia Sims, auxiliar de contabilidad en el colegio Christian Brothers High School de Sacramento, California. Hizo hincapié en el poder de dar testimonio y de tratar a las personas con dignidad, compasión y respeto.

Esta experiencia, según observó Sims, «me retó a mirar más allá de las circunstancias y ver a cada persona con mayor empatía y comprensión» y «reforzó la idea de que vivir nuestra fe significa no solo responder a las necesidades inmediatas, sino también crear comunidades acogedoras donde las personas se sientan valoradas, escuchadas y apoyadas».

En última instancia, el programa se centró en la ayuda comunitaria, colaborando con el programa Syracuse Assistance for Food & Essentials (S.A.F.E.) de Interfaith Community Collective para acoger a la comunidad y facilitar el acceso a recursos como la distribución de alimentos, ropa, comida caliente, ayuda para la compra y mucho más.

Para Jones, el LSJI le dejó un «renovado sentido de la responsabilidad», una comprensión más profunda de «lo que significa vivir la Misión Lasaliana» y el desafío de reflexionar «no solo sobre cómo presto atención a mis alumnos en el aula, sino también sobre cómo contribuyo a la misión de toda mi comunidad educativa». «La Misión Lasaliana no es algo de lo que simplemente hablamos», afirmó. «Es algo que vivimos de forma intencionada cada día».

Reed salió de la experiencia sintiéndose renovada y afirmó que esta experiencia formativa «me recordó por qué hago lo que hago».

Del mismo modo, esta experiencia ha «cambiado por completo mi sentido de la misión, especialmente dentro de mi propia comunidad», reflexionó Rumayor. «Me ha dado energía para ver más, cuestionar más y hacer más».

Tras una semana llena de mayor conciencia, comunidad y responsabilidad, Rumayor afirmó sencillamente: «Mi cuerpo está cansado, pero mi alma realmente se ha nutrido».